viernes, 14 de septiembre de 2012

Anécdotas sobre las visitas de la Reina Isabel “La Católica” a la Villa de Cáceres.

Retrato de Isabel "La Católica" (F.I.)

La reina Isabel “La Católica” visitó la villa de Cáceres en dos ocasiones la primera en 1477 y la segunda en 1479, esta vez acompañada de su esposo, Fernando “El Católico”, alojándose en ambas ocasiones en el Palacio de los Golfines de Abajo, situado cerca de la Iglesia de Santa María. Durante su estancia dejó varias anécdotas que por parte iré relatando.
Palacio de los Golfines de Abajo, Cáceres.

Era costumbre en la época que los monarcas antes de entrar en la ciudad debían jurar  los fueros y privilegios que regían dichas villas. Así el 30 de junio de 1477, la reina Dª. Isabel “La Católica”, antes de entrar en Cáceres por la Puerta Nueva (hoy arco de la Estrella), acompañada del Cardenal Mendoza y rodeada de su séquito, de los caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de Cáceres, juró sobre los Santos Evangelios, conservar y defender los Fueros, privilegios y libertades de la villa.

Testigo de ello fue el bachiller Hernando de Mogollón, quien, arrodillado le presentó el misal y le pidió: “Jura defender y acatar los fueros, privilegios, buenos usos y costumbres de la villa de Cáceres que fueron dados por don Alfonso IX rey de León y de Galicia.”

Y doña Isabel con su mano derecha en libro sagrado, majestuosamente le respondió: “Sí, juro, e amén”

Puerta Nueva o Arco de la Estrella, Cáceres.


El 9 de Julio de 1477, la reina recibe a todas las autoridades de la villa y según se cuenta mientras le son leídos los capítulos de las ordenanzas que su alteza les había dado para un buen gobierno de Cáceres, y que fueron aceptadas bajo juramento por 96 caballeros y escuderos en representación de la ciudad (la villa en esos momentos tenía unos 2000 vecinos), y mediante las cuales la Villa pasa a ser de Realengo (Villa o señorío urbano que pertenece a un rey), y sus Regidores (doce de nombramiento real y perpetuos); ella permanecía sentada sobre una piedra y en otra apoyaba sus pies.

En los ratos de ocio, pues estuvo varias semanas en Cáceres, Doña Isabel paseaba por la villa y sus alrededores. En uno de sus paseos llegó hasta una huerta en la ribera del Marco, donde se encontró con un humilde labrador atareado en sus quehaceres diarios, el campesino al verla, sin conocer quién era, le ofrece como modesto presente una manzana. La reina gratamente sorprendida ante el gesto desinteresado del buen hombre, le habla:
“Por tu gentil gesto, yo, Doña Isabel por la gracia de Dios Reina de Castilla, de León, de Toledo, de Sicilia, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, Princesa de Aragón, e señora de Vizcaya e de Molina, te otorgo el favor de pedirme cualquier cosa que desees.”  

A lo que el labrador respondió: “Lo único que deseo es agua para poder regar mi huerto, mi señora.”
Y así se hizo, desde ese momento y en el futuro, la reina le concedió el privilegio a dichas tierras para ser regadas, cual fuere su destino en el tiempo, Y dicha disposición se mantiene hasta nuestros días. Y es conocida como la huerta de la Merced.

Ribera del Marco, Cáceres.


           Otra leyenda cuenta que al ver ondear la Reina Isabel La Católica, el Pendón de la Villa, tan roto y deshilachado, y siendo tan ilustre estandarte la enseña que Alfonso IX había traído en la conquista de Cáceres y que por entonces se había convertido en un estandarte para la Villa, conocido como el de San Jorge en honor al Santo.
Una vez que la reina estuvo en sus aposentos del Palacio de los Golfines de Abajo, pidió a los representantes del concejo:

 “Hacedme traer tan solemne emblema, orgullo y fervor de la Villa, que tan deteriorado ha sido por el uso dado durante siglos.”

 Y a una de sus damas de compañía le dijo: -“traedme también aguja e hilos”- y ella misma en sus aposentos rodeada de la ilustre nobleza que le acompañaba, se encargo de remendar y rebordar con sus propias manos sobre seda carmesí, puntada a puntada,  las roturas y desperfectos que el paso del tiempo había obrado en tan insigne enseña, incorporando a él el castillo, ya que anteriormente sólo tenía el león.

El pendón de seda natural de 230 por 180 centímetros, y está considerada como la bandera concejil más antigua de España y la primera en la que aparecen unidos los símbolos de los dos reinos, el de Castilla y el de León, evidencia histórica de su unificación.
Pendón de San Jorge

            Otro curioso ordenamiento que realizan los Reyes Católicos en 1491 es autorizar y regular  las casas del pecado (o sea burdeles), para salvaguardar a las mujeres honesta y evitar que fueran tomadas por lo que no eran o asaltadas por equivocación. Así a las meretrices se las confinan en zonas concretas, obligando las a vivir y a trabajar únicamente en mancebías, se las obliga a vestir de una determinada manera, llevando un distintivo de su profesión (una toca azafranada o la mantilla corta y encarnada) y prohibiéndoles el lujo y la ostentación de joyas, pieles, sedas… A demás debían pasar una revisión médica periódica que era pagada por el municipio.
Y así lo hace constar:  "Ha de elegirse lugar conveniente, fuera de la población, donde menos perjuicio se haga al vecindario, para construir las casas donde deben habitar las mujeres del pecado..."- haciendo oficial dichas casas.-
En Cáceres estas casas se situaron cerca de una de las puertas de la muralla, la de Mérida, en la calle de las Damas (de ahí su actual nombre, Calle Damas), cerca de la actual plaza de Santa Clara.  Y por algún curioso se lo pregunta en cuanto a precios de estos servicios, es difícil conocerlos y dependía mucho si eran guapas o feas, con defectos, ajadas o si vestían bien.
Cartel de la calle de damas, Cáceres.


Hasta la próxima leyenda, y gracias por vuestras visitas.

Escrito por : Jesús Sierra

Fuentes:-“Noticias Históricas de Cáceres”. Simón B. Boxoyo
              -“Las Huellas de Isabel La Católica”. Francisco Acedo,
                José Miguel Carrillo, María Dolores García.
              -“Resumen de historia local” Antonio Rubio Rojas

viernes, 7 de septiembre de 2012

La leyenda de la Casa del Mono


Existen varias leyendas alrededor de este palacio de la familia Cáceres de los Nidos, levantada en el siglo XV.
Casa de la familia Cáceres de los Nidos o Casa del Mono, Cáceres.

Una de las leyendas, cuenta que en esta casa vivía un matrimonio formado por un rico comerciante y una bella y atractiva joven, que eran incapaces de dar continuidad a su linaje, o sea que no lograban concebir hijos. En su afán procreador consultaron a curanderas, santeros y boticarios, y probaron todo tipo de brebajes, bebedizos  o ungüentos que su dinero podía comprar, sin lograr cura alguna. En una ocasión una curandera que visitaron en una aldea cercana le administró a la joven un aguardiente a base de la maceración del sauzgatillo: -“Echa una gotas en cuenco de leche recién ordeñada y tómalo todas las mañanas al despertar.”- le dijo la curandera tras coger la bolsa de dinero que le ofrecía. Y en otra, un galeno que se hallaba de paso por la villa, y que según contaba había aprendido su oficio en tierras mas allá de oriente, les recomendó, no sin antes cobrar una cantidad pactada de dinero -verter sandía mezclada con leche sobre la mujer a la vez que el hombre penetra la vagina de la mujer. Si vomita se quedará embarazada.”-  Pero en todos los casos el resultado era infructuoso.
El comerciante pasaba largas temporadas viajando, sintiéndose la joven desdichada y sola entre la multitud de sus criados. Para tratar de alegrarla, el comerciante a la vuelta de uno de sus viajes por América le obsequió con un mono, convirtiéndose el animal en centro de todos los mimos y atenciones de la mujer, llegando a tener su propio dormitorio y juguetes.
El mercader con el tiempo volvió a partir rumbo a las Américas, y durante ese largo tiempo la mujer se encargó de los quehaceres propios del hogar y del cuidado de su jovial mono como si de un hijo se tratase.
Pero ocurrió que en una tempestuosa noche, un caballero noble y bien agraciado físicamente llamó a la puerta de la casa del mercader: “Cobijo pido mi noble señora, para pasar la noche ante tan tormentosa lluvia, de paso voy por esta villa y refugio alguno poseo.”-

            Y la noble señora, se lo ofreció: “Sírvase su merced como en su casa, pues de fama bien avenida de hospitalarios somos en esta villa.”- Esa noche la amable, jovial y bella dama, le sirvió sopa bien caliente y en su lecho le resguardó del frío. Al día siguiente el noble caballero prosiguió con sus andanzas, y nunca jamás de él se supo.-


Interior de la Casa del Mono, Cáceres.

Al poco tiempo, al regresar el esposo, su mujer le recibió con una grata noticia, -“el señor nos ha escuchado, mi amor, la dicha sea de nuestra parte, tus frutos han dado resultado y estoy en cinta. De camino tu hijo viene, por la gracia de Dios.”  El marido escuchó asombrado tan agradable noticia y jamás pregunto cómo pudo ser.     

           El nacimiento del niño lleno toda la casa de felicidad, todos eran dichosos menos el mono que había dejado de ser el centro de atención de la casa, pues todos los mimos y cuidados pasaron ahora al niño recién nacido. Rabioso y loco por los celos, una noche en un descuido de la familia el mono agarró al niño y arrojándolo por la ventana muerte le dio. La madre del niño se sumió en una profunda agonía, lloraba y lloraba y su dolor aumentaba. Y a causa de ese profundo dolor la mujer murió tiempo después.
El rico mercader, lleno de odio, mandó al herrero llamar y le dijo: "Debes forjar unas cadenas y grilletes para amarrar a este animal, sufrirlo quiero yo ver hasta la muerte llegar"

         Y le ató al final de la escalera por pies, muñecas y cuello. Pasaban los días y el animal, abandonado a su suerte, agonizaba del dolor, del hambre y del pesar de la falta de cariño que de un día para otro se le había arrebatado. El pobre animal sufrió lo indescriptible y al fin murió acabando con una dura agonía impuesta por que hasta entonces había sido su padre.

          Tiempo después, en soledad y tristeza, el rico mercader mandó traer a un cantero y le dijo: "Con el fin de recordar por siempre la trágica historia acaecida en esta casa y el dolor que tales hechos conllevó, te encomiendo la tarea de esculpir unas figuras que lo recuerden." 

           Así fueron esculpidas en su fachada rematando la cornisa tres gárgolas que representan, a un hombre mayor barbudo y dolorido, a una mujer desnuda llorando, y a un simio con un niño; y en el patio interior de la casa en la escalera la figura esculpida de un mono atado con una cadena al pasamano y una especie de ventana con una cara de rasgos negros asomando por ella.

Gárgola del hombre anciano
Gárgola del mono con el niño
Gárgola de la mujer

          Cuentan vecinos de la zona haber escuchado los llantos de un bebe al pasar cerca de la casa, incluso los gritos del mono agonizando de dolor. Leyendas son.

Escultura del mono encadenado en el pasamanos de la escalera. 

              En una segunda versión de la leyenda más “gore”, el señor de la casa parte hacia la guerra, dejando a su mujer en compañía de un mono para aliviar su aburrimiento. Al regresar el caballero a casa, encuentra un niño con rasgos simiescos y, montando en cólera, acusó a su mujer de haber sido adúltera con el mono, dándole muerte por tal hecho.

 Y por último la hipótesis historicista, en la cual la escultura representaría solo una escena habitual en el Cáceres de la época: un esclavo negro al servicio de un Señor, dedicado al cuidado del exótico animal.

Quédese el lector con la que más le guste. Saludos y hasta la próxima.



Escrito por: Jesús Sierra
Fuentes:   -C.C.V. de Cáceres

                  -"Paseo por la eternidad". Francisco Acedo

                 -"Cáceres ciudad histórico artística". A. Rubio Rojas.     


              

viernes, 31 de agosto de 2012

La leyenda de San Jorge y el Dragón


           Muchos turistas (sobre todo de Cataluña e Inglaterra) se quedan sorprendidos al descubrir que San Jorge, además de ser patrón de Cataluña, es el patrón de la ciudad de Cáceres. He aquí el porqué:

Las tropas de Alfonso IX rey de León, en su afán de reconquista y anexión de los territorios musulmanes, y tras varias campañas de infructuosos asedio desde 1218, con el apoyo de la Órdenes de militares de Calatrava y Alcántara, el 23 abril de 1229, conquista definitivamente a los almohades la fortaleza de Cáceres, incorporándola  al reino de León, y otorgándole a la ciudad Fuero de Villa. Por ser ese día la festividad de San Jorge, es nombrado desde entonces patrón de la ciudad.


Estatua de San Jorge y el dragón, Plaza de San Jorge, Cáceres.

            Pero, ¿cual es la historia de San Jorge?

La leyenda más difundida de San Jorge de Capadocia es sin duda la del dragón. En cierta ocasión llegó San Jorge a una ciudad llamada Silca, en la provincia de Libia, cerca había un lago tan grande que parecía un mar donde se ocultaba un dragón de tal fiereza y tan descomunal tamaño, que tenía atemorizadas a las gentes de la comarca. Los habitantes de Silca arrojaban al lago cada día dos ovejas para que el dragón comiese y los dejase tranquilos, porque si le faltaba el alimento iba en busca de él hasta la misma muralla, los asustaba y, con la podredumbre de su hediondez, pues era sumamente pestífero, contaminaba el ambiente y causaba la muerte a muchas personas. Al final ocurrió que los ganaderos se quedaron casi sin ovejas y decidieron que se le entregara cada día una persona viva, que sería escogida bajo un sorteo. Un buen día, le toco la "suerte" a la hija del rey. Éste, profundamente afligido, propuso a sus súbditos:  
"Os doy todo mi oro y toda mi plata y hasta la mitad de mi reino si hacéis una excepción con mi hija. Yo no puedo soportar que muera con semejante género de muerte."
           El pueblo, indignado, replicó:
           "No aceptamos. Tú fuiste quien propusiste que las cosas se hicieran de esta manera. A causa de tu proposición nosotros hemos perdido a nuestros hijos, y ahora, porque le ha llegado el turno a la tuya, pretendes modificar tu anterior propuesta. Si tu hija no es arrojada al lago para que coma el dragón como lo han sido hasta hoy tantísimas otras personas, te quemaremos vivo y prenderemos fuego a tu casa."
          El rey comenzó a dar alaridos de dolor y dirigiéndose a sus ciudadanos les suplicó:
          "Aplazad por ocho días el sacrificio de mi hija, para que pueda durante ellos llorar esta desgracia."
          El pueblo accedió a esta petición. Pasados los ocho días del plazo, la gente de la ciudad enfurecidos, exigieron  al rey que le entregara a su hija para arrojarla al lago.
         Convencido el rey de que no podría salvar a su hija, la vistió con ricas y suntuosas galas y vertiendo torrentes de lágrimas, el rey la bendijo; tras esto, la joven salió de la ciudad y se dirigió hacia el lago. Cuando llorando caminaba a cumplir su destino, san Jorge se encontró casualmente con ella y, al verla tan afligida, le preguntó la causa de que derramara tan copiosas lágrimas.
          La doncella le contestó:
          "¡Oh buen joven! ¡No te detengas! Sube a tu caballo y huye a toda prisa, porque si no también a ti te alcanzará la muerte que a mí me aguarda."
          "No temas, hija" –repuso san Jorge-; "cuéntame lo que te pasa y dime qué hace allí aquel grupo de gente que parece estar asistiendo a algún espectáculo."
         "Piadoso joven" –le dijo la doncella- "tienes un corazón magnánimo. Pero, ¿es que deseas morir conmigo? ¡Hazme caso y huye cuanto antes!"
          El santo insistió:
         "No me moveré de aquí hasta que no me hayas contado lo que te sucede."
          La muchacha le explicó su caso, y cuando terminó su relato, san Jorge le dijo:
         "¡Hija, no tengas miedo! En el nombre de Cristo yo te ayudaré."
        "¡Gracias, valeroso soldado!" –replicó ella- "Pero no podrás librarme de la muerte que me espera, porque si lo intentaras morirías tú también; ya que yo no tengo remedio, sálvate tú."


Representación de San Jorge y el dragón. (F.I.)

          En ese instante el dragón sacó la cabeza de debajo de las aguas, nadó hasta la orilla del lago, salió a tierra y empezó a avanzar hacia ellos. Entonces la doncella, al ver que el monstruo se acercaba, aterrorizada, gritó a Jorge:
          "¡Huye! ¡Huye a toda prisa, buen hombre!"
          San Jorge, de un salto, se acomodó en su caballo, se santiguó, se encomendó a Dios, enristró su lanza, y, haciéndola vibrar en el aire y espoleando a su cabalgadura, se dirigió hacia la bestia a toda carrera, y cuando la tuvo a su alcance hundió en su cuerpo el arma y la hirió. Acto seguido echó pie a tierra y dijo a la joven:
         "Quítate el cinturón y sujeta con él al monstruo por el pescuezo. No temas, hija; haz lo que te digo."
          Una vez que la joven hubo amarrado al dragón de la manera que Jorge le dijo, tomó el extremo del ceñidor como si fuera un ramal y comenzó a caminar hacia la ciudad llevando tras de sí al dragón que la seguía como si fuese un perrillo faldero. Cuando llegó a la puerta de la muralla, el público que allí estaba congregado, al ver que la doncella traía a la bestia, comenzó a huir hacia los montes dando gritos y diciendo:
          "¡Ay de nosotros! ¡Ahora sí que pereceremos todos sin remedio!"
          San Jorge trató de detenerlos y de tranquilizarlos.
          "¡No tengáis miedo!" –les decía-."Dios me ha traído hasta esta ciudad para libraros de este monstruo. ¡Creed en Cristo y bautizaos! ¡Ya veréis cómo yo mato a esta bestia en cuanto todos hayáis recibido el bautismo!"
          Rey y pueblo se convirtieron y, cuando todos los habitantes de la ciudad hubieron recibido el bautismo San Jorge, en presencia de la multitud, desenvainó su espada y con ella dio muerte al dragón.
          El rey, agradecido, hizo construir una iglesia enorme, dedicada a Santa María y a San Jorge. Por cierto que al pie del altar de la citada iglesia comenzó a manar una fuente muy abundante de agua tan milagrosa que cuantos enfermos bebían de ella quedaban curados de cualquier dolencia que les aquejase.Igualmente, el rey ofreció a Jorge una inmensa cantidad de dinero que el santo no aceptó, aunque sí rogó al monarca que la distribuyese entre los pobres.

          Además de Cáceres, es el patrón de Cataluña, de Aragón y de los siguientes países: Georgia, Grecia, Inglaterra, Lituania, Polonia, Portugal, Rusia y Serbia. También es el patrón de los caballeros y de los "Boy Scouts".
     
           Más leyendas son y así te las he contado, gracias y hasta la próxima.


Escrito por: Jesús Sierra

Fuentes:     - C.C.V. de Cáceres
                   - La leyenda dorada: (vidas de santos). Jacobus de Voragine

miércoles, 22 de agosto de 2012

La leyenda del origen de las armas en el escudo de la familia Solís

         Según cuenta la tradición,  en 1490 cuando las mesnadas de los Reyes Católicos,  estaban asediando el último baluarte musulmán en la península, la ciudad de  Granada. La reina Isabel “La Católica”, necesitaba contar con el dinero que habían de expedir las Cortes Generales sitas en Tordesillas (Valladolid), para pagar la soldada de las huestes españolas.

Casa del Sol o Palacio de los Solís, Cáceres
(Foto por Sergio Ciriero)

            Y al llegar a Cáceres, en su trayecto hacia Granada, sabiendo que a su séquito le sería imposible alcanzar la ciudad de Tordesilla a tiempo antes que el sol se pusiera. Mandó la reina reunir en la villa de Cáceres ante si a todos sus fieles. Una vez congregados, expuso que debía hacer llegar a Tordesilla una misiva importante para el devenir de la corona en el plazo de un día. Por miedo a fracasar ante tan importante misión regia ninguno de los nobles y caballeros allí reunidos habló. Volvió la reina a dirigirse con voz alzada a los reunidos:

          “No hay en esta villa caballeros que quieran buen servir a su señora”.  

           Ante ella un hidalgo respondió: “Yo mi reina, aunque con mi vida pagare, cumpliré tan importante misión”.

          La reina al entregarle la misiva al hidalgo, le espetó: “Ardua misión se os encomienda pero, si con sol is y con sol venís, noble seréis”.

           Así el caballero partió a cumplir tan difícil misión. En su trayecto pasó por aldeas, pueblos y villas, siempre al galope, cambiando de cabalgaduras cada vez que el caballo se agotaba o reventaba exhausto, siempre a la carrera y sin descanso. Y llegó a Tordesilla, donde fue recibido en las Cortes Generales, entregó el mensaje de la reina e inmediatamente le dieron respuesta y partió de nuevo hacia Cáceres. Y cabalgando de sol a sol logró la empresa que su señora le encomendó. Ya en la villa de Cáceres la reina cumpliendo lo prometido, noble le hizo concediéndole los blasones con el sol y en su honor cambiase el apellido por el de Solís ( si con sol is…).
Escudo de armas de la familia Solís.
(Foto por Sergio Ciriero)

Resaltar que existe otra leyenda en Asturias sobre el origen del apellido Solís que sitúa sus orígenes en la época de las luchas de Don Pelayo contra los Moros. 

            Más leyendas son y así te las he contado, gracias y hasta la próxima.


Escrito por: Jesús Sierra
Fuentes: C.C.V. de Cáceres

viernes, 10 de agosto de 2012

La Leyenda de la Torre de la Mora

              Esta antigua leyenda versa sobre otra de las torres que fortificaron la Villa de Cáceres, Qāsrish (قاصرش) en época andalusí. En su época más esplendorosa llegó haber hasta 26 torres, aunque no todas tienen su leyenda.

Torre de la Mora, Cáceres


Eran los tiempos de la reconquista, y la guerra se prolonga ya más de cuatrocientos años con suerte alterna. Por aquellos tiempos al mando del Alcázar de la villa y de las tierras de alrededores estaba un guerrero musulmán, joven, alto y esbelto, de larga barba negra, ojos llameantes y rostro noble; que por mérito de sus andanzas, terror de la frontera de Andalucía, el mismísimo califa le había otorgado tal honor; su nombre Mansur.
Su vivir discurría, entre el gobierno de la villa,  de brazo ejecutor en traidores y criminales, pero justo e insobornable en las decisiones al juzgar; sus deberes religiosos y la Guerra Santa.
En una tregua entre guerra, en el atardecer de un día  de verano, la avanzadilla situada a orillas del Salor, envía un mensajero a Qāsrish para anunciar la llegada próxima de una embajada del califa. Tras una corta espera, los vigías situados en la torres divisan la multicolor comitiva acercándose a la villa, de inmediato es avisado Mansur, que desde  una de las torres observa que junto a los guerreros islámicos que la protegen marchan de escolta cien lanzas leonesas y castellanas, con sus escuderos precediendo a los caballeros, dando escolta, protección y guardia de honor a la embajada. Abrieron se entonces las puertas de la ciudad, y al galope montando su alazán y seguido de su guardia personal, sale al encuentro Mansur. Allí es recibido por el embajador del califa cordobés y camarada de armas, Abu-Malek, que tras los respectivos saludos le expresa que:

           “Por orden personal del califa y como reconocimiento a tus honores, te ofrece en matrimonio a una joven princesa Omeya de su linaje, de nombre Amina, y te ordena reanudar la Guerra Santa el próximo otoño”.
Miniatura medieval (F.I.)

Aquella noche, Qāsrish ardió en fiestas por la futura boda de su señor, para agasajar la embajada del califa y en homenaje a los caballeros cristianos que al enterarse del motivo de la comitiva la había escoltado como símbolo de su higaldía.
Y la boda se celebro, entre fiestas, justas y danzas populares, que entretuvieren a la toda la población. La princesa que hasta aquel momento había permanecido oculta tras un velo, según la costumbre islámica, dejo ver Amina sus ojos negros, su encantadora sonrisa y la perfección y blancura de su cuerpo de diecisiete años, ante el ahora dueño de su corazón, que maravillado por su dulzura y belleza, cayó preso de su amor. Y felices pasaban los días para la joven  y enamorada pareja.
Pronto la princesa recibió homenajes de damas, de esposas de los guerreros, de las mujeres del harén; esclavas cristianas que las libero de su cautiverio y las invito a convivir con ella; y de residentes de la villa en general. Culta y amable, todos rivalizaron en amarla y en servirla, y el propio Mansur era el primero de sus servidores.
Y la guerra se reanudo, defendiendo el uno lo conquistado por el otro, queriendo reconquistar el despojado lo perdido. Mansur como ordenó el califa, una mañana de otoño, tuvo que partir hacia  Guerra Santa dejando un mínimo de defensores para la custodia de la villa y de su adorada princesa. Amina, desde la torre albarrana más avanzada de la muralla vio alejarse junto a sus tropas a su enamorado Mansur, prometiéndole esperarle hasta su llegada, mientras sus lágrimas recorrieran sus mejillas rosadas. 
Torre Redonda, Cáceres.

Desde la partida de Mansur, cada atardecer, una sombra blanca se recortaba entre las almenas de la torre albarrana, ojeando el horizonte. Cada  polvareda o movimiento en la lejanía bastaba para acelerar el corazón de la joven enamorada. Y la torre avanzada, la más peligrosa entre todas, “Torre de la Mora” fue llamada. Y con cariño fue respetada por mozárabes, judíos y por el propio enemigo, que de vez en cuando, un guerrero de otra torre  caía atravesado por sus saetas, pero jamás ataque alguno en la de la mora se registrara. Días y meses pasaban. Y una noche, cuando en la torre se hallaba divisó un incendio sobre la sierra de la Mosca, temiendo una desgracia hizo ensillar su blanca yegua y rauda, apenas pudo seguirla una reducida guardia, llegó presta al lugar de las llamas. Era una pastoría y una cabaña de mozárabes pastores la que estaba ardiendo. Sin demora, la joven Amina entró en la cabaña guiada por sollozos infantiles, sin babuchas pues entre la maleza perdiera, llego hasta donde dos niños lloraban ante el cadáver de su madre, a la que una viga desprendida alcanzara. Tomándolos entre sus brazos, pudo salir  de la cabaña, ardiendo la leve seda de su alquicel. Toda la gente que acudió, vio el arrojo y la valentía de la princesa, pero enmudeció al ver con espanto como los píes de la joven ensangrentados y abrasados por atroces quemaduras, no le producían dolor alguno. Preguntada al curarle, afirmó que carecía de sensibilidad alguna. Maravillados todos, agradecieron el acto de valor y calidad humana de sacrificio por los humildes, de la joven mora.
Grabado de caballería árabe (F.I.)

Pocos días después, llegaba Mansur, entre tristeza por la muerte de varios de sus guerreros en la última batalla por tierras de la comarca y por la orden recibida de replegarse y organizar  la defensa de la villa. Su llegada inesperada sorprendió a Amina en una dependencia que se hizo adecuar en la torre, donde vivían permanentemente desde la noche del incendio, pues  no podía caminar y las heridas indoloras no cicatrizaban.
Enterado Mansur, mandó llamar al médico de su expedición, que no encontró explicación ni cura a las heridas producidas. Durante varios días intentó todo tipo de pociones y tratamientos sin efecto alguno, las heridas empeoraban.  Con blanca bandera mandó un mensajero a Córdoba y el califa le correspondió enviándoles sus dos mejores médicos para tratar a la princesa que con premura se moría. Una vez reconocida y estudiada el cruel diagnostico no pudieron ocultar. Amina versada en la historia de sus antepasados y viendo los rostros pesadumbre de los presente, exclamó: “Estaba escrito. Es la maldición de los Omeyas.” Y discreta, pero con una dulce sonrisa en su cara se hizo llevar a la cámara de la torre.
Los doctores informaron a Mansur de la naturaleza de tal mal, de su imposibilidad de curación, y de las drásticas medidas a tomar. Era la lepra lo que la princesa tenía, espanto y terror de los hombres de aquel tiempo. Nadie habría de saberlo y el contagio se habría de evitar. La muerte acechaba a las puertas.
En la torre, Amina moribunda le confesó, que un Omeya antepasado suyo una noche, en una incursión contra judíos a orilla del Jordán, atacó un poblado con centenares de miserables chozas rodeadas por un círculo de piedra. En su afán de muerte y pillaje, cargo contra ella, la sangre corrió por doquier y mezclándose con la suya, pues herido también fuera. Más tarde sabría de su horrible torpeza, había atacado a la población leprosa de Palestina. Años más tarde la lepra acabó con él  y desde entonces la conocida como la “maldición de los Omeyas” afecta algún descendiente por generaciones esporádicas.
Consciente de su agonía y su temor pidió a su enamorado que fuera abandonada en algún lugar remoto hasta que la muerte le llegara, a lo que Mansur llorando no accedió, y mandó que sus damas  de compañía la vistieran con las galas nupciales, que cinco años atrás la princesa había llevado. Y el mismo se vistió con sus mejores galas, se acicaló y perfumose la barba. Y así con todo el esplendor de las telas de Oriente, se despidieron cariñosamente de todos, dando una última orden a segundo en el mando:
“Tan pronto salgas de la torre, toma el mando absoluto de la fortaleza, ordena a los alarifes que tapien todas la puertas y ventanas de la torre, de manera que no pueda entrar ni aire ni luz alguna. Defiende el Alcázar y las tierras que nos son encomendadas. Con la vida respondes ante el califa del cumplimiento de esta orden."
Y al tapiar el ultimo hueco de la muralla de la granítica torre octogonal, la multitud allí congregada oyó la voz recia pero enamorada de Mansur que exclamaba:
“Ahora amada mía, crucemos juntos a la otra orilla de nuestro amor." Después el silencio se hizo presente.

Miniatura de Alfonso IX, Catedral de Santiago (F.I.)

               Decenas de años más tarde, al tomar el Alcázar y la torres de Qāsrish las tropas de Alfonso IX, observó que sobre la torre albarrana más avanzada no ondeaba el estandarte real, al preguntar el porqué, fue respondido; “que la torre hallábase murada y no fue posible entrar.”

               Ordenó inmediatamente abrirla, encontrándose en la cámara principal sobre una cama nupcial, los cuerpos de una pareja de amantes estrechamente confundidos en un abrazo y con sus rostros a pesar del tiempo reflejaban una sonrisa de esperanza. Unos viejos pergaminos allí encontrados daban firme testimonio de quienes eran y de cuál era su historia.
Tras el testimonio dado, mandó el rey cristiano los cuerpos respetar y para siempre la cámara sellar para que los amantes descanse solos para la eternidad.
Así la leyenda comenzaba… Y con el paso de los tiempos, los juglares y trovadores  a través de sus estrofas recitaron y cantaron tan incondicional y puro amor, un amor que ni la muerte en la “Torre de la Mora” pudo olvidar.    

            Más leyendas son y así te las he contado, gracias y hasta la próxima.


Escrito por: Jesús Sierra   
Fuentes: J. Arias   

viernes, 27 de julio de 2012

La Leyenda de la Torre del Espadero

           Esta historia que a continuación voy a relatar pudiera ser leyenda o realidad, pero dejo aquí mi versión de los hechos.


Torre de los Espaderos, Cáceres

Avanzada la Edad Media, en la villa de Cáceres la vida discurría para los señores entre la caza con cetrería por los bosquecillos  de la serranía de la Mosca y la pugna fratricida en las callejuelas de la ciudad. Por ello era importante estar bien ataviado de armas. Y de Toledo llegó una familia del oficio de la forja, a los que llamaron por mote “los espaderos”. Juan que así se llamaba el espadero, abasteció durante años a los nobles de la villa, manteniéndose al margen de toda disputa, gozando sus espadas de una gran estima en la villa y sus alrededores.

                Juan, tenía un hijo que había heredado además de su nombre, su maestría en el arte de la forja. Era un mozo gallardo, fornido y de tez morena, y su sola presencia no dejaba indiferente a las doncellas cacereñas.

                Un día un noble caballero de la villa, recibió una invitación del rey, para que junto con otros nobles caballeros del reino le representaran en unas justas contra caballeros moriscos en prueba de buena voluntad ante una tregua concertada. Para deslumbrar a todos en dicho evento, mandó llamar a su presencia a Juan el espadero, para encargarle todo lo necesario para tal fin. Juan que era ya viejo, envió en representación suya a su hijo para perfilar los detalles.

Cuando el noble castellano no estaba guerreando contra el Islam, vivía en una impresionante fortaleza, a la cual se dirigió Juan. En aquella sombría fortaleza junto al señor vivía su doncella hija de nombre Isabel, pues no hacía pocos años que había perdido a su noble esposa. Al cuidado de Isabel, estaba una doncella morisca, Zuleima, apresada de muy niña por el noble en una incursión contra los moros, y con el tiempo convirtiese en confidente y amiga de Isabel. La joven Isabel fue instruida en materia de humanidades y disciplinas del espíritu por un clérigo, que hacía a su vez de mentor. La religiosidad de Isabel iba pareja con su hermosura y su saber. En la villa así como, en el territorio era conocida su fama de hermosura y extrema bondad, nunca faltaba  una sopa para el caminante o el mendigo que pasara por la villa.
Grabado medieval (F.I.)

Cuando el joven artesano atravesó por primera vez las puertas de roble de la fortaleza, la joven doncella cayó presa de su amor, su corazón latía con un insospechado furor, ella que había sido cortejada por nobles caballeros venidos de lugares distantes, ofreciéndole riqueza y amor, caía ahora enamorada de un mozo con arrogante delantal de cuero y ojos soñadores.

Ni el caballero ni el mozo diéronse cuenta de ello, continuando las diarias visitas para confeccionar las armas previstas: lanza, el pesado montante, la liviana espada y la daga, todo con singular damasquino, temple exquisito y belleza, no olvidándose de los arneses del caballo. Mientras, tras las bellas celosías, cada día, en cada visita, un recóndito amor iba creciendo, y solo Zuleima era la única sabedora y confidente del amor de su señora.

Llegó la hora de la partida hacia las justas para el adalid y su séquito, y quiso el señor que el joven espadero les acompañara para que a su vuelta voceara los triunfos del noble ante la villa. Este en un principio declino tal ofrecimiento, pero su negativa subyugó al ver salir al patio florido del castillo a la joven y bella Isabel. Ante aquella deidad el espadero se avergonzó, bajando por un  instante la mirada hacia su grasiento delantal. Pero en ese inesperado cruce de miradas recatadas, el lenguaje naciente del amor había encontrado respuesta. Y así formo parte del sequito. Durante el largo camino los furtivos parloteos y las miradas iban forjando el amor, y cuando al atardecer se montaba la tienda, Juan era el celoso guardador y centinela de la bella doncella.

El torneo transcurrió espléndido y de suerte alterna, pues las Justas terminaron en tablas para dignidad de ambos bandos. Y para más orgullo de su padre, la belleza de Isabel fue admirada por los Alvar, los Fernán Pérez, los Zúñiga y tantos otros caballeros cristianos y recibió homenajes hasta de los nobles musulmanes.
Representación de un Torneo de justas, s.XV (F.I.)

A la hora de regreso el rey llamó a todos los nobles caballeros allí reunidos e hizo que todos le siguieran hacia su castillo, pues según fuentes espías, los reinos Taifas del Sur habían roto la tregua declarando la guerra santa, y debían prepararse para futuras incursiones. Así el noble cacereño dejo a parte de su sequito el cuidado de conducir a Cáceres a Isabel, dando sin saberlo rienda suelta a dos corazones.

El regreso fue un maravilloso romance de amor, alargando Isabel el trayecto con argucias femeninas y dificultando la vuelta hacia su destino. Juan siempre a su vera, le demostraba su amor, respetuoso y honesto e igualmente correspondido por Isabel.

Pero cerca de la sierra cacereña divisan un ejército acercándose al cortejo, era el padre de Isabel, que temeroso por el retraso de su hija había partido en su busca. Al descender de su caballo inquirió al  jefe de la guardia el enorme retraso de la comitiva, y este le respondió: “que cumplía órdenes de la doncella Isabel, y que hallábase ahora descansando a orillas del Salor”.

Cabalgó raudo el noble, sorprendiendo a los jóvenes diciéndose ternezas como enamorados. Y presa de su ira el caballero desenvaino su espada contra el joven espadero que pudo esquivarla gracias al grito desgarrado de Isabel, huyendo a merced de la noche que acontecía.

Ya en el castillo, la explicación sincera de amor de la hija enarboló más aun la soberbia del padre que juró venganza. Encerró a su hija en sus aposentos custodiada por guardias, y salió con su ejército camino de la casa del espadero. En plena noche el silencio de la villa se vio alterado por el rechinar de las herraduras de los caballos. Cuando llegaron ante el portal de la casa taller del espadero, golpearon reiteradamente las puertas, instando al joven a responder frente a la justicia personal del señor de horca y cuchillo. Una voz entonces respondió desde el interior, la del viejo espadero, que conociendo que la entrega del hijo equivalía enviarle al tormento y después a la muerte, respondió negativamente ante el noble.

Tras breve plazo concedido, llegaron del castillo pertrechos de asalto y asedio de sitio, y con premura ante que los demás nobles de la villa tuvieran tiempo de intervenir, cayó al asalto la casona, asesinando los pocos criados que defensores se erigieron. Mal herido quedó el padre y preso el hijo, que volvía a cruzar de nuevo las puertas del castillo ahora humillado y atado a la cola del caballo del noble.  
Miniatura de un asalto a un castillo fortificado (F.I.)

Ante el enorme ruido y alboroto, se despacharon mensajeros para conocer la causa, hallando gravemente herido al viejo espadero, que pudo hacer relato de lo ocurrido.

Los nobles decidieron visitar al padre de Isabel para conocer sus intenciones con el prisionero, accedió el caballero a recibirles en el gran salón del castillo, y hablo el más antiguo de los nobles para pedir explicaciones de lo ocurrido la noche anterior, pedir favores para joven sin partido ni bandería de señor conocido y paliar los agravios cometidos. Pero la soberbia del noble nubló su mente y con voz tonante, a la embajada expuso que: “como señor de horca y cuchillo y juez de causa, a nadie había de dar cuentas de lo que consideraba un ultraje a sus blasones y traición a su causa; y que ni al propio rey cuenta diera, de lo que en su castillo aconteciere”. Tachó de amujerados a los nobles allí reunidos y amenazó con atacar a todo aquel que se acercara armado al castillo, dando por terminada la audiencia concedida.

Los caballeros cacereños lejos de amedrentarse hicieron frente común ante el intransigente noble, apostaron piqueros y arqueros en puntos estratégicos. La reacción no se hizo esperar y las puertas del castillo se abrieron dando paso a la caballería del castillo que en pocos minutos aniquiló a los guardias tiñendo de rojo las calles de la ciudad. El terror se extendió por la zona, hambre y miedo por igual convivían en la ciudad. Ante  esta situación pidieron embajada ante el rey que tras varios intentos infructuosos; por hallarse entre guerras; el rey puso camino hacia la villa con parte de su ejército.

En las mazmorras, Juan era terriblemente atormentado y torturado: laceraciones de sus carnes, quebrantar de huesos, hierros y ruedas punzantes; iban convirtiendo al viril joven en un pobre guiñapo destrozado. Estas sesiones de tormento eran presididas por el noble cada vez mas soberbio y enloquecido, intentado arrancarle la confesión sobre la seducción de su hija. Una tras otra, sus respuestas eran siempre las mismas: “que sólo amor limpio y puro sintiera y en la misma forma fue correspondido. Que Isabel seguía siendo tan pura como cuando su madre la alumbrara”. El noble enfurecido, ordenó extremar hasta la muerte la tortura, aunque el padre de rodilla, ante la puerta del castillo implorada la libertad de su hijo durante varios días.

Isabel, al borde de la locura, lloraba en la soledad de su estancia bien guardada. Solamente consolada por su fiel doncella Zuleima, que le reportaba siempre triste el terrible acontecer del joven.
Blasón de los espaderos (Foto por Jesús Sierra)

Llegó el rey con su séquito a las puertas fortificadas de la villa, siendo recibido por todos los nobles a excepción del padre de Isabel. Examinada la situación, un emisario real fue enviado exigiendo la rendición, el cual fue dado muerte por los del castillo. El rey viéndose ultrajado  y menospreciado, mandó tomar el castillo a sangre y fuego.

Mientras, Juan agonizaba. Y avisada Isabel por Zuleima, y con su complicidad, logró llegar a las mazmorras donde quedó horrorizada ante el cuerpo mutilado de Juan; abalanzose sobre el torno donde yacía Juan, y abrazándose a él pudo escuchar el último suspiro de amor de sus labios. Pero Dios, la fortuna o el amor puro, quiso que el alma de Juan no partiera sola, y tras su beso la bella doncella  cayese muerta también, prueba del indestructible amor que procesaran. Los verdugos quedaron petrificados ante el devenir de los acontecimientos.

En el exterior, las puertas del castillo se abrieron por última vez  dando paso con expresión desafiante al noble caballero a caballo al frente de sus mesnadas, contra su propio rey. Pero corta fue la batalla pues una nube de flechas alcanzó al noble matándolo en el acto y a gran parte de su compañía. Con el noble yaciendo muerto en el suelo y arrodillándose los mesnaderos supervivientes al paso del rey; pues sólo ordenes habían cumplido; se dirigió presto a los sótanos del castillo, seguido de sus caballeros y la nobleza cacereña. Ya en la mazmorras, el espectáculo era dantesco, aún sujeto al torno se encontraba Juan, su cuerpo descoyuntado y lleno de tumefactas heridas, y sobre él con sus vestiduras ensangrentadas e inerte, testimonio de amor eterno, yacía Isabel.

El rey estremecido ante tremenda escena habló: “este amor que mas allá de la muerte llega, deberá ser eternamente recordado. El castillo será demolido y cubierto de sal, pero sobre esta mazmorra se alzará una capilla, donde reposarán para siempre unidos los amantes que por amor murieron. Que el cuerpo del noble se pudra sobre el suelo donde cayó, y que una torre sin almenas, que se llame Torre del Espadero, se alce al cielo sobre este lugar.”

Y así se cumplió. La Torre del Espadero, testimonio de la voluntad de un rey, sin saeteras y sin almenas, abierto al cielo el granítico balcón, donde según la tradición, entonan los amantes en las noches de luna llena su eterna canción de enamorados.

Más leyendas son y así te las he contado, gracias y hasta la próxima.
Escrito por : Jesús Sierra
Fuentes: Juan Arias

domingo, 1 de julio de 2012

La leyenda de la Calle Amargura

        Esta historia relata un de las leyenda que da nombre a la calle Amargura. Gracias María Jose, por recordarmela.

Calle Amargura, Cáceres.

          Nos situamos en el siglo XV, la noche ha acontecido en la ciudad, las calles solitarias y mudas se ven interrumpida por el blandir de unas espadas. Intramuros en una callejuela, cerca de Plaza de San Mateo a luz tenue de unas antorchas dos personas se baten en duelo, uno es un joven vecino de la villa, el otro no mucho mas mayor, un viajero de paso por esta. La razón de la disputa se desconoce, quizás sea por una partida de dados o anden faldas de por medio. Durante un largo tiempo el intercambio de golpes es continuo, inclinándose la balanza hacia uno u otro lado. Pero en el debatir de la reyerta el forastero echa mano de una daga escondida en unas de sus botas de caña alta, y en un descuido de su adversario le atraviesa el costado derecho, este al ver como su jubón verde oliva se tiñe de rojo, deja caer la espada, sus piernas comienzan a desfallecer y cae al suelo. Con una mano intenta taponarse la herida, y sus gritos inundan la noche: “Ayuda, ayuda me han dado muerte.”
        El asesino al ver como se acercan hacia el unas luces, huye despavorido calle abajo. Es la guardia de la ciudad que alertada por el alboroto producido llega al lugar del suceso. Intentan socorrer al joven, pero es demasiado tarde, está herido de muerte. Los guardias lanza en ristre comienzan la búsqueda del asesino por la ciudad. Pero este ya lejos, en las inmediaciones de Plaza de Santa María se halla llamando a la aldaba de un burdel que era frecuentado tanto por plebeyos como por la alta alcurnia de la ciudad. Quien abre la puerta, es la meretriz de la casa, de nombre Lola, el joven le cuenta que en una reyerta ha herido a un vecino de la villa y le pide refugio. Lola, generosa, da cobijo al joven prometiéndole no delatarle ante la justicia.
      Poco más tarde vuelven a llamar a la puerta, son los alguaciles y con el traen el cuerpo del joven muerto en el duelo, Lola al verlo rompe a llorar desconsoladamente, ese joven muerto, que yace ahora en el recibidor de su casa, no es otro si no su propio hijo. Sin saberlo había dado asilo al asesino de su propio hijo. Desde ese momento Lola se sumerge en una profunda tristeza y amargura que le durará el resto de su vida, y que dará nombre a su calle, la calle la de la Amargura.

       Más leyendas son y así te las he contado, gracias y hasta la próxima.

      Escrito por: Jesús Sierra

      Fuentes: Cultura popular