sábado, 17 de mayo de 2014

La matanza de Montánchez del siglo XII.

A finales de abril de 1195 el Califa almohade Abu Yusuf Yaqub al-Mansur “el victorioso”, apodado así tras derrotar a las tropas cristiana en la batalla de Alarcos, parte de Marraquech al mando de un impresionante ejercito. Un  mes después de su salida cruza el Estrecho de Gibraltar, su intención acabar con los continuos ataques castellanos en tierras de Jaén y Córdoba. En junio al frente de su magnífico ejército compuesto por árabes y bereberes llegan a Córdoba, donde se le unen tropas andalusíes, y siguiendo la vía de Balata (“camino empedrado” que es como los árabes conocían la actual Ruta de la Plata),  va tomando ciudades, villas y castillos, unas al asalto y otras rindiéndose ante su supremacía.

Vista del Castillo de Montánchez.

De los primeros en capitular fue el castillo de Montánchez. La pequeña guarnición que lo custodiaba estaba decidida a resistir con su vida el ataque, y así lo hicieron los primeros días ante la vanguardia almohade. Pero cuando vieron aparecer por la llanura al grueso del majestuoso ejercito sarraceno al mando de poderoso Califa Abu Yusuf Yaqub, se dieron cuenta que la batalla estaba decidida a favor de enemigo. Aquellas fastuosas huestes contaban entre sus filas con miles de soldados, se cree que estaba compuesto por 30.000,  entre tropa de a pie, arqueros, lanceros, tropas a caballo, y unas poderosas máquinas de guerra y asedio.

Valientemente resistieron varios días de sitio, rodeados por doquier y bajo tremendos ataques por todos sus flancos, pero ante la imposibilidad de recibir ayuda proveniente de la villa de Trujillo, pues habían sido avisados de que algunos grupos de guerreros árabes se dedicaban a realizar razias en las aldeas y pueblos de los alrededores, cortando los caminos de información. Y tras ver que la resistencia iba ha resultar inútil, el señor del castillo de Montánchez, tras consultar en audiencia a sus capitanes y anteponiendo las vidas de los aldeanos, mujeres y niños, que les habían sido encomendados para su seguridad, decide parlamentar con el enemigo.
 
Representación de Abu Yaqub-al-mansur (F.I.)

 
Al caer el sol, en una de las frecuentes treguas para recoger a los muertos en combate, las trompetas suenan desde los muros, el portón del castillo se abre y el pesado enrejado es izado, tras el sale un heraldo a caballo portando una bandera blanca. A mitad de camino entre el castillo y las fuerzas sitiadoras se detiene. A lo lejos proveniente del campamento enemigo se acerca un jinete sarracenos también portando estandarte blanco.


Reunidos ambos, el mensajero cristiano hace entrega de una misiva al sarraceno, en la cual el señor del castillo de Montánchez, solicita parlamento con el califa. El lugar indicado a mitad de trayecto, y la hora señalada, al mediodía de mañana. Comprometiéndose él y sus cuatro acompañantes a no portar ningún tipo de arma y hacer respetar la tregua pactada.


Tras media hora de esperar, el jinete sarraceno se acerca nuevamente al cristiano y le hace entrega de la repuesta del Califa. El mensajero cristiano vuelve al castillo portando la respuesta, en la cual acepta el parlamento.

Castillo sitiado por tropas árabes.


A la hora señalada del día siguiente, suenan trompetas, el portón del castillo se abre nuevamente y el enrejado es arriado, de el salen montando caballos negros el señor del castillo junto a un heraldo portando bandera blanca, y tres caballeros, todos ellos desarmados. A la vez del campamento sarraceno sale cinco jinetes, también desarmados y portado enseña blanca. A mitad de camino se encuentran y comienza el parlamento.

“He aquí a mi señor el Califa Abu Yusuf Yaqub” -Dijo el heraldo sarraceno. -

Abu Yusuf Yaqub montaba en un maravillo corcel blanco, sus rasgos  árabes, ojos perfilados con kohl, barbar acicalada y porte majestuoso lo hacía aun más carismático. Junto a él cautelosos estaban sus lugartenientes y compañeros de batallas.

Presentase entonces el caballero cristiano tras reverenciarse y dirigiéndose al Califa le dijo:

“Señor Abu Yusuf, entregaros el castillo queremos sin resistencia alguna, mas bajo ciertas condiciones y por ello respetando vuestras leyes y como caballeros que somos nos acogemos al Aman” (El Aman, son las reglas de conducta a seguir de los árabes con los vencidos, como por ejemplo, si matarlos, darles la libertad o esclavizarlos.)

“Por Alá que así se ha de hacer, y por ello que os concedo el perdón  y un salvoconducto para todos, soldados, aldeanos, mujeres, niños y ancianos. Pero deberéis abandonar el castillo mañana a la salida del sol, y seréis escoltados como hombres libres hacia tierras cristianas. Además –continuó diciendo el Califa- todo soldado y caballero deberá hacer entrega de su espada, daga, lanza, arco y escudo, o aquellos que sean hallados portando un arma serán ejecutados. Tenéis la palabra de Abu Yusuf Yaqub.”

Discutidos los términos y sellado el tratado la representación cristiana regreso al castillo a comunicar la noticia.

Puerta del castillo de Montánchez

A la mañana siguiente los habitantes de Montánchez abandonaban el castillo, a las puertas soldados sarracenos al mando del Caíd Abu Abd Allah b. Sanadid les esperaban para escoltarlos hacia tierras más al norte. Soldados y caballeros según salían iban arrojado sus armas a los pies de un enemigo siempre vigilante.

 Cansados, tristes y temerosos, marchaban dejando atrás sus vidas. Los ancianos, los heridos y los niños iban hacinados en carromatos o burros, los caballeros y los más pudientes a caballo, y todos los demás a pie portando los pocos enseres que les quedaban. La travesía iba a ser larga.

A medio día de jornada, la caravana acampa cerca de Villavieja del Tamuja, donde es emboscada y atacada por un grupo de árabes fanatizados que se hallaban realizando razias por dichos valles. El silencio del valle deja paso a unos agudos silbidos lejanos que se hacían más atronadores por segundo, y de repente una lluvia de flechas cubrió el cielo, el miedo y la confusión se apoderó de la caravana. De los árboles empezaron a salir salteadores árabes matando a diestro y siniestro, sin respetar a sus propios hermanos de raza, que incrédulos y sorprendidos luchaban unos e huían otros. Los soldados cristianos indefensos utilizaban como arma todo lo que encontraban, palos, piedras y sus propias manos eran sus defensas, pero poco o nada pudieron hacer frente a los bien equipados saqueadores árabes, que sin piedad alguna mataron sangrientamente a todo cristiano o musulmán que le opusieron resistencia.


Terminada la batalla, los salteadores sin piedad alguna, pasaron a cuchillo a todo hombre que aún quedaba en pie, sin respetar entre soldados o aldeanos, ancianos o heridos, sólo las mujeres y los niños se salvaron de la masacre para ser esclavizados y comerciar con ellos. Hoy aquel lugar aún es conocido como el “Valle de la Matanza.”

Escena de batalla, Cantigas de Alfonso X

Pronto las noticias de la masacre llegaron a oídos de Abu Yusuf Yaqub, el tratado había sido quebrantado, su palabra y su honor había sido mancillado, aquella violación del aman  no debía quedar impune, aunque los atacantes fueran de su propia raza. Mandó el Califa llamar a su mejor capitán y le habló:

“Te encomiendo la tarea de reparar la atrocidad cometida. Reúne a un grupo de los mejores hombres de entre mis tropas y parte de inmediato. Busca, apresa o mata a todo aquel musulmán que haya participado en quebrantar nuestras leyes y rescata a cuantos cautivos tengan, libéralos y condúcelos a salvo hasta su reino. Mi palabra y mi honor ha sido mancillado.”

“Por Alá, que así se hará mi señor. Tu palabra será ley y tu honor restablecido.” –Dijo Amir al-Muminin, antes de partir.-

Pronto las huestes de Amir al-Muminin encontraron a los salteadores a los que dieron caza, algunos se resistieron y plantaron batalla los demás fueron apresados y encarcelados. Las mujeres y niños cautivos, aterrados temían por su muerte, pero ante su asombro fueron liberados.

“Por orden de mi señor el Califa Abu Yusuf Yaqub, seréis liberados y conducidos sanos y salvo a vuestro reino. Pongo mi vida en ello.” -Dijo el capitán almohade.-

Se les dio ropas, aguas y alimentos y fueron conducidos y escoltados hacia la zona cristiana donde fueron acogidos. El aman se había restablecido.

Muralla del castillo de Montánchez.

Los saqueadores árabes fueron conducidos a presencia del Califa al que suplicaron su perdón:

“Gran señor Abu Yusuf Yaqub, apelamos a su magnificencia y os suplicamos el perdón, mi gran señor –habló uno de los cautivos árabes que se hallaban encadenados y arrodillados frente al Califa- sólo eran cristianos a los que atacamos y dimos muerte.”

“Cristianos eran, pero estaban acogidos al aman, y por lo tanto bajo mi protección, y no lo respetasteis. “ –Dijo el Califa.-

“Piedad, por Alá, piedad”- Dijeron algunos cautivos.-

“Tendré la misma piedad y misericordia que vosotros tuvisteis con los cristianos” –Y tras pronunciar estas palabras fueron ajusticiados en público.-

Se había impartido justicia y la palabra y el honor de Abu Yusuf Yaqub había sido restaurado.

  Gracias y hasta la próxima.


Escrito por: Jesús Sierra Bolaños.


Fuentes consultadas:

-“Boletín de la Real Academia de la Historia. Tomo CXCVIII. Número I.” V.V.A.A.
-“Alarcos 1195.” Ricardo Izquierdo Benito y Francisco Ruiz Gómez
-“La guerra Santa según el Derecho Mâliki” Felipe Maíllo Salgado
-“Diccionario Geográfico-Estadístico de España y Portugal.” Sebastián de Miñano. 

sábado, 26 de abril de 2014

Monumentos desaparecidos: El convento de la Purísima Concepción


Saliendo de la plaza mayor por la calle General Ezponda, antiguamente llamada la calle Empedrada, por ser la primera calle que se empedró en Cáceres o también llamada en los años 80 la calle de los Bares, nos encontramos al final de ella con una pequeña plaza, hoy reformada con jardines, columpios y bancos, es la Plaza de la Concepción. 

Actual Plaza de la Concepción en Cáceres.

Pero, ¿cuál es su origen?

            En el año 1604 don Juan Duran de Figueroa y su mujer Isabel Vaca mandan fundar por testamento en el solar de unas casas que habían comprado a Francisco de Ovando, el Convento de religiosas de la Purísima Concepción, para albergar en él a una pequeña comunidad de Concepciones Franciscana Descalzas.

            Para cumplir el testamento, son designados como compatronos (tras un reñido pleito que tuvo sentencia en 1610 por la Chancillería de Granada) a Pedro Rol de Ovando y a Francisco de Andrada y Quiñones por parte de Isabel Vaca, y por parte de Juan Duran de Figueroa es elegido patrono Francisco de Ovando Rol, teniendo la facultad de elegir cada uno de los patronos a un capellán y tres monjas que podían entrar sin dote al convento, pues para ingresar era necesario aportar cada novicia una dote de seiscientos ducados.

Proyecto de la plaza por Michelena 1862

             Para levantar el convento es contratado el maestro de obra Antón Arias Díaz, que según testamento tenía que cumplir unas series de requisitos arquitectónicos indispensables (alrededor de cuarenta). He aquí algunas de las condiciones: 

“Es condición  que los pilares an de llevar sus vasas de canterías con molduras…” o “es condición que a de llevar esta dicha portada las puertas de buena madera de pino fuerte y la más limpia que se hallare de arenero de Cuenca…”; u otra de las disposiciones exigía que “…en la puerta principal se an de poner los escudos de tres pies de ancho e quatro y medio de alto de la más fina piedra e mas blanca que se hallare…an de llevar las armas del señor de la fabrica lo diere e an de ser labrados de mano de un buen escultor e an de quedar bien hechos y acabados como requiere para convento…”

Plaza de la Concepción de Cáceres en 1863 (F.I.)

En el mes de agosto del año 1609 llega a Cáceres Juan Álvarez Rezo, vecino de Plasencia (Cáceres) y maestro de obras de la Catedral de Salamanca. Había sido llamado por Baltasar Delgado, vicario de la villa para que revisara el estado de las obras del convento. Tras dos semanas de exhaustivos exámenes, plomado las paredes, y realizado catas de los cimientos, el maestro Juan Álvarez certifica bajo juramento y por escrito ante notario que en dicha obra no se están llevando a buen término los requisitos exigidos por el fundador: 

“…el qual comenzó a edificar Antón Arias maestro de obras y por no estar edificado confforme a la traza e condiciones que se avía de obrar e ansi mismo tener rrecibido el  dicho Antón Arias ocho mil e trezientos y setenta y dos rreales de más de lo vale lo que tiene edificado…”

Por no cumplir los requisitos que estaban estipulados por contrato, el maestro de obras Antón Arias es apresado y encarcelado en la villa de Cáceres, teniendo que finalizar las obras el propio Juan Álvarez, terminándose en el año 1617. Aunque en el 1616 el convento ya estaba siendo habitado por las tres hermanas fundadoras Catalina de Santiago, María Ana de la Concepción e Isabel de San Antonio que vieron de Oropesa (Toledo), y por las novicias que habían aceptado en su congregación.

Entrada a la Plaza de la Concepción de Cáceres.

El convento no debió ser muy grande, pues a finales del siglo XVIII había en él siete hermanas de coro y tres hermanas legas. Su iglesia estaría acorde con la pequeñez del convento, pero a pesar de eso, a todas horas, ya fuera del día o de la noche, siempre se hallaba alguna de las hermanas rezando en el coro por las necesidades del pueblo. En aquella pequeña capilla fueron enterrados cerca del altar mayor, los restos de sus fundadores Juan Duran de Figueroa y su mujer Isabel Vaca.
 
En las crónicas de la Orden se recogen algunos milagros acaecidos en este templo y muchas de sus religiosas murieron en olor de santidad y virtud, como Sor Juana de la Madre de Dios, natural de Badajoz que murió en 1685 tras una vida dedicada a la caridad. A este convento acudía, desde que se estableció en Cáceres la Real Audiencia en el año 1790, el Real Acuerdo a oír los sermones los miércoles de Cuaresma.

En el año 1843 el Ayuntamiento de Cáceres compra como Bien Nacional el edificio que albergaba el antiguo convento y lo derriba poco tiempo después quedando como la plazuela de la Concepción. 

Capilla del cementerio (F.I.)

           Muchas de las piedras del demolido convento y de su iglesia fueron reutilizada para hacer la capilla del reciente nuevo cementerio (el actual), incluso el adorno de cantería que remataba el sepulcro de los fundadores se utilizó para decorar el altar exterior de la capilla donde se halla la imagen de la Virgen de la Estrella (ya mencionada en mi “Historia de la Virgen de la Estrella”). Y es por ello que la Junta de Beneficencia Provincial ordena trasladar también al nuevo cementerio los restos de Juan Duran de Figueroa y su mujer Isabel Vaca, convirtiéndose en los primeros residentes del camposanto.

Primeros enterramientos en el actual cementerio (F.I.)

En el año 1863 el ayuntamiento convoca un concurso para reformar la plazuela, presentándose dos proyectos, uno que pretendía convertirla en una plaza para el estacionamiento de carruajes al nivel del suelo y otro, el proyecto ganador, obra del arquitecto Ignacio de Michelena, que salvando la tipografía con un muro de contención se convertiría en la actual Plaza de la Concepción.

Gracias y hasta la próxima.


Escrito por: Jesús Sierra Bolaños

Fuentes Consultadas:
-“Noticias históricas de Cáceres.” Simón Benito Boxoyo
-“Ayuntamiento y familias cacerenses.” Publio Hurtado
-“Vida, excelencias y muerte del gloriosissimo patriarca San Joseph.” José Valdivieso
-“Cáceres visto por un periodista.” Germán Séllers de Paz
-“La Casa de Ovando.” Jose Miguel de Mayoralgo y Lodo
-“Desarrollo urbanístico de Cáceres (siglos XVI-XIX).” Mª del Mar Lozano Bartolozzi

-“Paseo por la eternidad.” Francisco Acedo Fernández

domingo, 13 de abril de 2014

Héroes cacereños olvidados: Doña Mencía de los Nidos

Mencía de los Nidos (F.I.)

           Poco se sabe y se conoce de las primeras españolas que pasaron al Nuevo Mundo, pues fueron obviadas tanto por cronistas como por los propios conquistadores, pero la mayoría de ellas llegaron a las Américas para colonizar o sea, para inculcar los modos y costumbres culturales, familiares y de convivencias españolas. Aunque otras antes las adversidades que se encontraron destacaron como heroínas, y una de ellas fue la cacereña Mencía de los Nidos.

La familia de los Nidos era hidalgos pertenecientes a la pequeña nobleza cacereña. En la actual calle Tiendas tenían su casa familiar Francisco de los Nidos y doña Beatriz Álvarez Copete, que trajeron al mundo sietes hijos, Hernando Alonso de los Nidos, Gonzalo de los Nidos, Francisco de los Nidos, María de los Nidos, Mencía de los Nidos, Juana Copete de Sotomayor y a Jerónimo de los Nidos. Casi todos ellos emigraron a las Américas en el siglo XVI.

Mapa de Sur-américa en 1592 (Theodore de Bry)

El primero de los hermanos en pasar a las Américas, fue Hernando Alonso de los Nidos en el año 1527, donde formó asiento en la nao de Cristóbal de Arezo, en donde se le pierde la pista. Un año más tarde Gonzalo de los Nidos pasa por primera vez en la nao de Andrés de Campo con destino a Nicaragua, y desde allí parte hacia el Perú en 1532, donde llegó a estar en Jauja junto a Pizarro. En 1537 es nombrado Regidor de Cuzco (Perú), donde se le une su hermano Francisco en el año 1542, aunque por poco tiempo pues Francisco moriría en la Batalla de Chupas, donde en una guerra civil se enfrentaron los llamados pizarrista (fieles a los hermanos Pizarro) y los almagrista (fieles a Diego de Almagro), ambos conquistadores españoles, pero esa historia quizás la cuente otro día.


Gonzalo tiene que regresar a España a responder sobre la muerte de un compatriota y cuando vuelve a partir hacia las indias en el año 1544 se lleva con él a sus hermanas Juana y  a nuestra protagonista Mecía de los Nidos.

Mencía había nacido en Cáceres entre los años 1514 y 1518, donde se crió y creció hasta que partió con sus hermanos rumbo a Panamá de donde pasó al Perú. En el 1548, tras el ajusticiamiento a muerte de su hermano Gonzalo junto a otros pizarristas, puso rumbo a Chile, donde se instaló en la ciudad de Concepción años después.

            Pero antes de relatar la historia de esta singular heroína cacereña en tierras chilenas, debemos conocer algo de la conquista de Chile o Nueva Extremadura como fue llamada.

Pedro de Valdivia de Federico de Madrazo

Fue iniciada en el año 1540 por Pedro de Valdivia, natural de la zona de la Serena (Badajoz), que partió del Perú con un ejército de once soldados, amigos todos ellos, pero que en su camino de descubrimiento y conquista se le unieron muchos otros soldados. A Valdivia le acompañaba su amante en tierras americanas Inés de Suarez, pues Valdivia estaba casado y su mujer residía en España. Inés de Suarez nacida en Plasencia (Cáceres) fue la primera mujer en pisar tierras chilenas, y otras de las heroínas de la conquista, de la que otro día escribiré.

En 1541 fundaron Santiago de Nueva Extremadura, capital y punto de partida de sus expediciones hacia un sur de Chile inexplorado. En una de sus incursiones funda en el año 1550 la ciudad de la Concepción de María Purísima del Nuevo Extremo, en la cual Valdivia dio solares a los soldados que le acompañaban y que allí serían vecinos. Delineó la plaza de armas, donde plantó una cruz, el ayuntamiento, la iglesia y las cárceles, además de construir casas provisionales para quienes les acompañaban.

Fundación de Santiago por Pedro de Valdivia de Pedro Lira

En 1554 hallándose el lugarteniente de Valdivia, Francisco de Villagra, con sus soldados en tierras del sur, cerca del rio Ralhue, donde se disponía a fundar un nuevo asentamiento por comisión de este, recibe un correo donde se le informaba de la derrota y muerte de Pedro de Valdivia en el fuerte de Tucapel donde había acudido a socorrerlos con unos cuarenta soldados que había reunido.

En la batalla de Tucapel 6.000 mapuche armados de mazas, lanzas, macanas, hondas y arcos, al mando de un joven líder Lautaro, que había estado al servicio de Valdivia durante 6 años, y que ahora no sobre pasaba los 18 años, derrotó a un experimentado guerrero Pedro de Valdivia de 56 años. El plan estratégico que ingeniosamente había elaborado y coordinado, consistía en aprovechar el terreno favorable para atacar en sucesivas oleadas de escuadrones a los españoles, sin darles tregua ni descanso a hombres y caballos. Así consigue derrotar a las bien equipadas tropas españolas que contaban con corazas, armas de fuego y caballos, apoyados además por 1.000 o 2.000 yanaconas (indios al servicio de los españoles).

Guerra de Arauco de Gerónimo de Bibar

Tras varias horas de lucha, y con la batalla perdida las trompetas de Valdivia tocan retirada para los pocos sobrevivientes que quedan, pero Lautaro lanza una nueva ofensiva tras los fugitivos españoles que con los caballos extenuados van cayendo uno a uno. Sólo logran escapar Valdivia, su traductor el yanacona Agustinillo y el clérigo Pozo, pero a pocos metros sus caballos caen en una ciénaga donde son derribados y apresados por los mapuches. Arrastrándolos, son llevados ante la presencia de la Lautaro y sus caudillos, allí el yanacona Agustinillo es el primero en morir descuartizado, después les llegaría el turno al padre Pozo y a Valdivia que de un golpe de macana fue derribado, su corazón fue arrancado de su pecho, dividido en pequeños trozos y devorado por los caciques mapuches, mientras que su cabeza cercenada era clavada en una pica y paseada por los nativos por todo su campamento.

 Todos estos hechos fueron narrados poco tiempo después por indígenas que participaron en la batalla pues no hubo ningún superviviente español.

Últimos momentos Valdivia . Grabado del siglo XIX

Enterado Francisco de Villagra de la muerte del gobernador, repliega inmediatamente sus huestes hacia el norte y en su camino de regreso en la ciudad de Valdivia es elegido por el cabildo (ayuntamiento) Justicia Mayor y Capitán General de la Gobernación al mando de las tropas de guerra. En Valdivia deja sesenta soldados para su defensa y sigue hacia la Imperial y después hacia la ciudad de Concepción.

Cuando llega Concepción se encuentra además de los colonos que la habitaban, con alrededor 230 soldados bien equipados. Pero lejos de reagruparse y quedarse a defender la ciudad a la espera de refuerzos desde Santiago, Villagra con ansias de venganza une a sus filas a 154 soldados de los que defendían la ciudad, treinta arcabuces, baluartes portátiles para protegerlos de las flechas y seis cañones. Y dejando una ciudad temerosa e indefensa en manos una pequeña guarnición de sesenta hombres, además de ancianos y mujeres, parte en busca de los araucanos.

Pero en Marigüeñu (al sur de Concepción) la suerte de los españoles iba a ser la misma que en Tucapel, los araucanos con Lautaro al mando del ejército más numerosos que jamás habían reunido (entre 40.000 y 15.000 según las crónicas) y con la misma estrategia de Tucapel derrotaron a un Villagra que estuvo siempre guerreando con gran coraje en primera línea de batalla. Pero tras ocho agotadoras horas peleando, y habiendo abatido a cerca de 2.000 araucanos, exhaustos por el esfuerzo, sin agua y con la perdida de la artillería, Villagra tocó retirada, el pánico se hizo presa entonces de los supervivientes, que ignorando las ordenes de su capitán huyeron en desbandadas.

Mapa de las Batallas de Lautaro (F. Legión Andina)

Cerca del rio Biobío, Villagra logro reunir a los pocos supervivientes que desarmados y malheridos iban llegando, y cruzándolo en unos maderos marcharon de vuelta a Concepción, solo sesenta y seis llegaron.

El caos y el pánico ante las derrotas infligidas recorrió pronto la ciudad cuando llegaron y más cuando vieron entrar en ella a las maltrechas tropas de Francisco de Villagra, aquellos hombres que habían salido triunfales llegaban ahora heridos, desfigurados, con los ropajes raidos, ensangrentados como los pocos caballos que traían y sin apenas armas, e incluso Villagra era apenas reconocible por los suyos por sus heridas.

Cuando todos se estaban preparándose para defender la ciudad, armándose unos y atrincherándose otros, se corrió la voz de que los mapuches iban a cruzar el rio Biobío. Villagra aprovechando el terror que se había desatado instó al cabildo a abandonar la ciudad. Decidido, reunió en la plaza a la población y dirigiéndose a ellos ordenó su desalojo. Pensaba mas Francisco de Villagra en aquel momento en reclamar en Santiago para sí el titulo de gobernador dejado por Valdivia que en defender las tierras y los enseres de los habitantes de Concepción.

Lautaro liderando sus tropas (F.I.)

Mencía de los Nidos que se hallaba postrada en una camada en su casa a causa de una enfermedad, al escuchar el tumulto y la algarabía que se formó en la plaza, tomó fuerzas de flaqueza y agarrando escudo y espada, salió hacia ella. Cuando llegó se abrió paso entre la multitud que agitada allí se agolpaba y llegando hasta el mismísimo Villagra encarase con él y reprochándole su falta de valentía y valor le espeta:

“Señor general, pues vuestra merced quiere nuestra destrucción sin tener respeto a lo mucho que perdemos todos en general, si esta despoblada es por algún provecho particular que a vuestra merced resulta, váyase vuesa merced en hora buena, que las mujeres sustentaremos nuestras casas y haciendas, y no dejarnos ansí ir perdidas a las ajenas, sin ver por qué, mas de por una nueva que se ha echado por el pueblo, que debe haber salido de algún hombrecillo sin ánimo, y no quiera vuesa merced hacernos en general tan mala obra.”

Grabado de Villagra (F.I.)

Denunciando así públicamente la cobardía de Villagra y de los que le seguían en su huida, Mencía enferma pero con gran valentía e ímpetu arengó a la población para que no huyeran deshonrosamente hacia Santiago, si no que defendieran sus tierras y bienes hasta la muerte si hiciera falta, aquel coraje de aquella mujer cacereña que no dudaba en enfrentarse al mismísimo Lautaro cara a cara, enalteció a las mujeres de Concepción. Pero Villagra estaba decidido a abandonar la ciudad a su suerte, y aduciendo que los militares y las armas de las que disponían eran insuficientes ordenó su desalojo.

Aquella heroína cacereña con más coraje que los propios militares trató en vano evitar el abandono y el posterior saqueo y quema de la ciudad. Pues aquellos que en un principio se habían unido a ella para defender Concepción al ver como Villagra hacía caso omiso de aquellas aguerridas palabras y abandonaba precipitadamente la ciudad junto a sus soldados y la mayoría de los habitantes de Concepción que cargaban las pocas posesiones que podían salvar, bien por miedo o bien por cobardía los que antes la apoyaban se unieron a ellos. Tuvo entonces con gran rabia que desistir en su intento de defender la ciudad. Afligidos y llorosos las mujeres, niños, ancianos y todo aquel que no pudiera caminar fueron colocados en la dos embarcaciones que había y marcharon por mar, el resto partieron hacia Santiago a pie o caballo.

Bahía de Concepción en 1620 de Bry.

   Pero los mapuches no habían cruzado el rio, estaban saqueando lo dejado por los españoles en el campo de batalla de Marigüeñu y celebrando su victoria. Y sólo varios días después Concepción fue saqueada sin resistencia alguna y reducida a cenizas por las huestes de Lautaro.

Mencía de los Nidos, tras haber estado casada dos veces moría sin descendencia el 6 de enero de 1603 en Santiago de Chile, dejando todos sus bienes a su sobrino nieto el capitán Luis Monte de Sotomayor de Cáceres. Fue enterrada en el Convento de la Merced de Santiago de Chile.

Alonso de Ercilla y Zúñiga de El Greco

El poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga, le dedicó toda oda a su valentía y coraje, en el Canto VII (octavas 20-31) de su obra “La Araucana”.


Doña Mencía de Nidos, una dama
noble, discreta, valerosa, osada,
es aquella que alcanza tanta fama
en tiempo que a los hombres es negada:
estando enferma y flaca en una cama,
siente el grande alboroto, y esforzada
asiendo de una espada y un escudo,
salió tras los vecinos como pudo.

….(sigue)

Pero con más dolor doña Mencía,
que dello daba indicio y muestra clara,
con la espada desnuda los impedía,
y en medio de la cuesta y dellos para.
El rostro hacía la ciudad vuelto decía:
“Oh valiente nación, a quien tan cara
cuesta la tierra y opinión ganada
 por el rigor y el filo de la espada!

…(sigue)


En Cáceres el valor de esta aguerrida cacereña en tierras chilenas, permanece desconocido y olvidado, aquella mujer de la que el capitán Alonso de Góngora Marmolejo escribió:

“Que si esta matrona fuera en tiempo que Roma mandaba el mundo y le acaeciera caso semejante, le hicieran templo donde fuera venerada para siempre.” 

Solamente una calle en Cáceres hace referencia al noble linaje de los Nidos, la calle Nidos, cerca de la plaza Mayor.

Pero así es la historia, gracias y hasta la próxima.


Escrito por: Jesús Sierra Bolaños

Fuentes Consultadas:

- “Historia de Chile desde sus descubrimiento hasta el año 1575.” Alonso de Góngora Marmolejo.
-“La Araucana.” Alonso de Ercilla y Zúñiga
 -“Historia General de Chile II.” Diego Barros Arana
-“Historia de Chile. Cronología general de Chile” Francisco Antonio Encina
-“Historia de Concepción.” Guillermo Coz y Méndez.
-“Doña Mencía de los Nidos.” José de Rújula y de Ochotorena y Antonio del Solar y Taboada.
-“La familia de doña Mencía de los Nidos. Heroína Cacereña.” José M. de Mayoralgo y Lodo.

-“Paseo por la eternidad.” Francisco Acedo