sábado, 7 de marzo de 2015

El tesoro culinario robado del Conventual de San benito de Alcántara

Conventual de San Benito de Alcántara (F.I.)

En el año 1808 durante la Guerra de Independencia Española, las tropas francesas de Napoleón al mando de las cuales se hallaba el general Junot, ocuparon y saquearon el Conventual de Alcántara (Cáceres). Convertido en cuartel para las tropas, los monjes benedictinos que lo habitaban fueron expulsados, sus cuadros, imágenes, retablos y ornamentos litúrgicos expoliados y su biblioteca junto con su extensa colección de libros y archivos destruidos.

Pero hagamos primero un poquito de historia europea.

Para comprender la guerra de Independencia Española (1808-1814), tenemos que tener en consideración el sueño imperialista de Napoleón Bonaparte, que pretendía acabar con las decadentes monarquías absolutas que aun dominaban en Europa y crear un nuevo Imperio, donde Francia sería su epicentro y el su emperador, frenando así además el dominio que ejercía Gran Bretaña en Europa y en los mares.


           Manuel Godoy por Bayeu  Napoleón por Jacques-Louis David

En año 1807, en una España cada vez más influenciada por la política francesa, Manuel Godoy primer ministro de Carlos IV y Napoleón firman el Tratado de Fontainebleau, mediante el cual se autorizaba al ejército francés a travesar España para guerrear contra Portugal, excusa que utilizó Napoleón, aprovechándose de las luchas internas que mantenían por la corona española el rey Carlos IV y su hijo el príncipe Fernando, y por lo tanto de la división del país, para de forma encubierta ir ocupando militarmente el reino español.

Con el motín de Aranjuez de 1808, donde el pueblo se levanta contra las políticas llevadas a cabo por Manuel Godoy, el monarca Carlos IV es obligado a abdicar a favor de su hijo el nuevo rey Fernando VII.

     Carlos IV por F. Goya                 Fernando VII por V. López

El 23 de marzo, el nuevo rey Fernando VII entra en Madrid donde ya se hallaban a las afueras de la villa las tropas francesas del mariscal Joaquín Murat (cuñado de Napoleón), al cual el nuevo rey autoriza a entra en la capital. Una vez las tropas francesas se establecen en Madrid, Murat siguiendo los planes de Napoleón, no reconoce la autoridad de Fernando VII como legitimo rey, y ordena trasladar en el mes de abril a toda la familia real a Bayona donde son retenidos y obligados a abdicar, coronando Napoleón como nuevo rey, para humillación del pueblo español, a su hermano José Bonaparte. El 2 de mayo de 1808 los madrileños se amotinan y se levanta en armas contra el ejército invasor francés, había comenzado la guerra de Independencia Española.

Defensa del Parque de Artillería de Monteleón, por Joaquín Sorolla

Volvamos a la villa de Alcántara, próxima a la frontera portuguesa, era desde el siglo XIII la sede de la Orden Militar de Alcántara, cuyos orígenes se remontan a la antigua Orden San Julián del Pereiro, fundada en Portugal en 1176. Alojabanse sus freyres, mitad monjes, mitad soldados, en aquellos tiempos en el castillo y en la villa, hasta que el año 1468, la Orden acuerda la construcción de un convento para albergar en comunidad a diecinueve freyres, que según los estatutos, debían convivir bajo la regla cisterciense. Por diversos motivos, la construcción no llegó a iniciarse hasta 1499, cambiándose la ubicación en 1504 e irrumpiéndose de nuevo en el año 1574. En la edificación del conventual participaron en distintas etapas los reconocidos maestros mayores Pedro Larrea y Pedro de Ibarra.

     Blasón de la Orden de Pereiro         Blasón de la Orden Alcántara

Tras largos siglos de historia de reconocido prestigio en batallas y guerras, con el auge de las peregrinaciones, los monasterios y entre ellos el Conventual de San Benito van a ir destacando en otra faceta menos religiosa, que con el paso de los años irán enriqueciendo y aumentando, en la culinaria. Conocedores y conservadores de la historia y del acervo popular a través de sus libros y manuscritos, van a utilizar aquellos métodos agrícolas, conocimientos de plantas medicinales y buenas artes, para valiéndose del entorno natural en el que se hallaban ubicados aprovecharlo para elaborar suculentos y sabrosos platos, que plasmaron en sus famosos recetarios monacales.

 Little Book of Eternal Wisdom por Heinrich Suso

En la Guerra de Independencia Española, los franceses durante sus años de ocupación además de cometer las atrocidades propias de una guerra, también se dedicaron a destruir, saquear, robar y expoliar por todo el territorio español. Pero aquella avaricia artística de Napoleón que ejecutaron sus oficiales en los pueblos ocupados, se recrudeció en España, pues a su entender pensaba que el pueblo español era analfabeto e inculto y que las obras que albergaban no eran lo suficientemente valoradas y por ello se dispuso a despojarnos de ellas y llevárselas a Francia. Pero no solo el patrimonio artístico, como obras de artes, cuadros o esculturas, sino también el histórico, profanando y saqueando tumbas de grandes personajes históricos, como la de Rodrigo Díaz de Vivar “El Cid” que descansaba en el Monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos) o la de Gonzalo Fernández de Córdoba “El Gran Capitán”  en el Monasterio de San Jerónimo de Granada, entre otros.

Y el Conventual de San Benito de Alcántara no iba a ser una excepción a aquella rapiña. En año 1807, recién comenzada la campaña contra Portugal, el llamado Cuerpo de Observación de la Gironda del ejército francés al mando del general en jefe Junot, compuesto por 24.978 soldados, 1.771 caballos y 38 piezas de artillería, llega a la villa de Alcántara, en donde saqueando y arrasándolo todo se abastece de víveres, plomo y pólvora, los monjes del conventual son expulsados y el convento es convertido en cuartel general para las tropas.

Los fusilamientos del 3 de mayo por Francisco Goya

Cuadros, imágenes y retablos que adornaban el convento, junto a los ornamentos litúrgicos fueron expoliados, e incluso el órgano fue robado. Su biblioteca, en donde se conservaban entre libros y manuscritos, los antiquísimos los archivos de la sede administrativa y religiosa de la Orden Militar de Alcántara fueron destruidos. La mayoría  de aquellos manuscritos se utilizaron en la fabricación de cartuchos para la fusilería de los que andaban escasos, otros para avivar el fuego, y algún otro para menesteres más mundanos. Así lo describe irónicamente el general francés Thiébault: “Fueron reunidos apresuradamente el plomo necesario y toda la pólvora existente en el país. Faltaba papel y nos lo facilitaron los archivos de los Caballeros de Alcántara. Se construyeron cartuchos moche y día y se pudieron dar 20 por hombre…” Funesto final para tantos años de cultura e historia.

General_Jean Andoche Junot

Pocos fueron los libros rescatados, pero sabemos que al menos uno de ellos fue indultado. No se sabe si fue un soldado francés o el propio Junot quien lo hallo, pero aquel libro que tanto atrajo su atención, no era otro si no el recetario de cocina del convento, un recetario en donde a lo largo de los siglos, generaciones de freyres alcantarinos habían ido recopilando de la tradición culinaria de la comarca y de su saber.

El general Junot, que fue nombrado poco después Duque de Abrantes por Napoleón por su rápida toma de Lisboa (no confundir este título nobiliario con el español creado por el rey Felipe IV y que está emparentado con la nobleza cacereña), envió aquel extraordinario recetario a Francia, como regalo para su esposa Laura Permon, duquesa de Abrantes. Laura quedó tan impresionada con el recetario, por aquellas formas ingeniosas que tenían los monjes de preparar suculentos guisos de perdices, faisanes, de aderezar el bacalao, el pastel de hígado de pato o el empleo de las trufas, tanto que se dispuso a divulgar el recetario por las mejores cocinas de Paris e incluso las insertó en sus memorias, esos si obviando sus orígenes.

Laura Permon, Duquesa de Abrantes

Entre las recetas robadas del convento alcantarino, que según parece, fueron la base de la cocina burguesa francesa del XIX, destaca la “Perdiz o el Faisán al modo Alcántara”, que lleva además del ave elegida, hígados de pato, trufas, manteca de cerdo y vino de Oporto; el “Bacalao al estilo Alcántara” con ingredientes como la leche, los huevos o las almendras; y también otras recetas que fueron afrancesadas en nombre, como el “consommé” o “consumado” como se denominaba en español, un concentrado de carne con algunas verduras y especias, el caldo más sabroso de la cocina.

No sabemos cuántos platos del recetario francés tienen sus orígenes en el expoliado Monasterio de Alcántara, pero según dijo el maestro de la cocina tradicional francesa Auguste Escoffier (1846-1935), “fue el mejor trofeo, la única cosa ventajosa que logró Francia de aquella guerra.”

Gracias y hasta la próxima.


Escrito por: Jesús Sierra Bolaños

Bibliografía Consultada:
-“Historia general de España.”  Real Academia de la 
   Historia
-“Monumentos artísticos de Extremadura”.
-“Guía del buen comer español”. Dionisio Pérez
-“La cocina de los conventos” Sofía Fernández y Víctor 
   Alperi.
-“Napoleón y la locura española” Francois Malye

sábado, 31 de enero de 2015

El cuadro de la Virgen de la Paz.

Si paseamos por los soportales de la plaza mayor de Cáceres, en una de sus esquinas, en el conocido como el Portal del Llano, nos encontramos con el cuadro de una Virgen con un niño Jesús en sus brazos, a la que un pequeño ángel le hace entrega de una corona, es la “Virgen de la Paz”. Y aunque este cuadro es una copia actual de un óleo realizado en 1865 por el pintor pacense Rafael Lucenqui, la “Virgen de la Paz” lleva custodiando aquel rinconcito desde el siglo XVIII.

Virgen de la Paz, (Cáceres)

Pero este cuadro es también conocido en el acervo popular como “La Virgen del buen parto”, conozcamos su historia:

La Plaza Mayor de Cáceres, desde su creación ha concentrado la vida social, festiva y comercial de la villa. Y con la edificación de la fachada oeste ya en el siglo XVI, en sus soportales se van a ir ubicando para desarrollar su actividad los distintos gremios de comerciantes y artesanos de la ciudad, así nos encontramos con el portal del pan, el portal de los plateros, el portal de los escribanos, el portal del pan o el que nos interesa, el portal del Llano.

Maqueta Plaza Mayor de Cáceres en s.XVII

Con el paso de los siglos, la villa, la sociedad y los distintos oficios van a ir evolucionando, y muchos de aquellos soportales dejarán de tener sus antiguos usos para dar paso a otros hábitos u oficios menos decorosos, y el portal del llano no iba a ser una excepción. Corría el año 1712, cuando según las crónicas, un beato de nombre Lázaro Laso, que recién se había asentado en Cáceres; no muy lejos de aquel portal; indignado y escandalizado al ver los actos descarados que se practicaban por el día y al caer la noche en aquella zona de los soportales, actos a su entender indecorosos que atentaban contra la moralidad de la época. Decide con el apoyo y la aquiescencia de la iglesia, solicitar autorización al ayuntamiento de la villa para colocar en aquel soportal un cuadro de su propiedad de la “Virgen de la Paz”, dando un carácter religioso a aquel lugar.

Y así se hizo, el cuadro fue colocado, y junto a él unos farolillos que alumbraban siempre la imagen de la Virgen. En seguida surtió efecto, y los malos hábitos desaparecieron de la ahora sacralizada esquina. Cada 24 enero, festividad de la Virgen de la Paz, se celebraba misa en aquel lugar, a la que acudía cada vez más gente. La devoción por la “Virgen de la Paz”, fue aumentando en la villa, creándose en 1720 una cofradía entorno a ella, la Hermandad de Nuestra Señora de la Paz y aprobadas sus ordenanzas por el obispo Velunza. Tanto creció su fervor, que en 1731 la cofradía solicito un lugar de culto, y para ello decidieron hacerse cargo de la derruida ermita renacentista del siglo XVI de San Benito, que transformaron en la actual ermita de La Paz, junto a la torre de Bujaco, donde se instalaron y colocaron una imagen exenta de la Virgen de la Paz, obra del escultor Pedro Correa.

Ermita de la Paz, Cáceres

Pero volvamos al cuadro, aquella devoción mariana de la villa por aquella imagen, se vio acentuada aún más, cuando se empezó a correr la voz por la ciudad, no sabemos el porqué, de que aquel cuadro de la Virgen ayudaba a las parturientas a llevar un buen parto y facilitar el feliz desenlace. Quizás el origen fuese alguna mujer embarazada fuera del matrimonio, que aterrorizada ante su inminente alumbramiento y atormentada por su pecado, rezó lejos de miradas acusadoras, a la virgen que tenía más a su alcance y que no era otra que la “Virgen de la Paz”, sea o no así, el milagro lo habría obrado y pronto aquel rumor de benefactora de los alumbramientos de aquella Virgen, atrajo cada vez a más parturientas. Mujeres embarazadas de toda clase o condición social acudían a rezarles aves María y depositar bajo su imagen velas y velones a la conocida desde entonces como la “Virgen del buen parto o del parto”, campesinas, damas, criadas, madres primerizas, madres que habían perdido algún hijo o futuras madres en general pasaban ante la imagen, a la que nunca le faltaban velas.

Portal del Llano, Cáceres

Con el paso de los años, la intemperie y el humo de las velas hace mella en el cuadro que con un gran desgaste, apenas es ya apreciable, por ello el ayuntamiento toma la decisión de reemplazarlo. Y en el año 1865 contrata los servicios de Rafael Lucenqui, que era hijo de un pintor de origen polaco apellidado Luschinski que se asentó en Badajoz, tras llegar al parecer con el ejército napoleónico. Rafael bajo las enseñanzas de su padre se inició en el arte de la pintura y la escultura. Pero años más tarde comienza una carrera militar, que abandona en 1848 con el grado de capitán, dedicándose desde entonces a ejercer como profesor de dibujo en el Instituto de Cáceres, retomando además su actividad artística, que solicita el ayuntamiento. De su trayectoria pictórica, la “Virgen de la Paz” es su obra más emblemática, y el precio que estipuló fue de 600 reales.

Reemplazado el cuadro en el año 1865, el original se pierde, pero esto no evita que la devoción por la ahora conocida como la “Virgen del Parto”, y su tradición de las embarazadas de ponerle velas continúe durante muchos años más en la villa.

Cuadro original de la Virgen de la Paz, de Lucenqui

En la actualidad el cuadro de la “Virgen de la Paz” de Lucenqui, tras 149 años en los soportales de la plaza, se ha ganado su retiro en el Museo Municipal y una réplica hecha por el pintor cacereño Luis Casero ocupa su lugar en el portal del llano como testimonio de 300 años de historia de la “Virgen de la Paz, del Buen Parto o de los Portales” en la ciudad de Cáceres.

Gracias y hasta la próxima historia.


Escrito por: Jesús Sierra Bolaños

Fuentes Consultadas:
-“Ayuntamiento y familia cacerenses.” Publio Hurtado   
-“Pintura extremeña del siglo XIX: los Lucenqui.” Francisco Javier Pizarro Gómez.
-“Patrimonio artístico del ayuntamiento de Cáceres.” M. Bazán de Huerta, C. Marchena García y M. Paredes Pérez. 
-“Cáceres, paseo por la eternidad.” Francisco Acedo.

sábado, 6 de diciembre de 2014

La aventura del extremeño Juan de Vera en la Alhambra Nazarí.

Para conocer esta historia nos trasladaremos a la España cristiana del siglo XV, a la época de los Reyes Católicos, cuando estos estaban a punto de concluir la reconquista cristiana de la península con la toma definitiva de Granada.

La Alhambra en 1707. Grabado de Peter Vander AA

Pero, antes que Isabel y Fernando reinaran, en aquellos tiempos ostentaba la corona de Castilla Enrique IV, que mantenía una relaciones cordiales y tolerantes con el emir del Reino de Granada Abu Nasr Sad (más conocido en las crónicas castellana como Ciriza). Mediante esta tregua, Granada se convertía en un estado vasallo y tributario de Castilla, a la que pagaba por ello elevadas sumas de parias. Pero con la muerte del emir de Granada, su sucesor e hijo Muley Hacén, hombre aguerrido y más batallador que su antecesor, aprovechando la debilidad por la que pasaba Castilla debido a las tensiones políticas internas que existían por la sucesión de Enrique IV, en el año 1466 rompe la tregua, y comienza a realizar continuas razias llevando la incertidumbre y el miedo a la frontera castellana.

En 1474 muere en Madrid Enrique IV, su hermana Isabel “la Católica” se autoproclama reina de Castilla en el alcázar de Segovia y envía cartas de vasallaje a todas las ciudades de Castilla. Mientras, otra parte de la nobleza castellana proclama a su vez como reina a Juana “la Beltraneja”, hija legítima de Enrique IV, que pide apoyo y auxilio a su tío el rey de Portugal Alfonso V, con quien después es obligada a casarse en Plasencia (Cáceres). Comienza entonces una guerra civil entre las dos princesas y sus facciones por el trono de Castilla, guerra que duraría cinco años.

               Isabel I                              Juana "La Beltraneja"

Entretanto en el reino de Granada las cosas para Muley Hacén tampoco andaban bien, numerosas revueltas se habían alzado contra él promovidas principalmente por el alcaide de Málaga. Tras varios años de sublevaciones y luchas de poder, el emir decide pedir ayuda al reino de Castilla solicitando una nueva tregua.

Hallaban se los Reyes Católicos en la ciudad de Sevilla cuando una embajada del Reino Nazarí llegó a las puertas de la ciudad solicitando audiencia con los monarcas. Conducida la delegación a la sala del trono, el heraldo anunciaba su presencia a la corte real, el silencio se hacía presente en la sala cuando entraron aquellos sarracenos que cubrían sus cabezas con unas bandas a modo de turbantes, e iban ataviados con ropajes de seda y algodón de vivos colores,y en sus cintos portaban espadas jinetas (armas cortas y delgadas), dagas de orejas, y adargas a la espalda (que eran unos escudos ligeros de cuero en forma de doble judía). Al acercarse al trono donde se hallan sentados Isabel y Fernando, ponen rodilla en tierra, y aquel que parecía el más curtido y veterano en batallas, exponiendo sus credenciales se dirigió con respeto a los monarcas:

“Reyes de Castilla, en el nombre de Dios clemente y misericordioso, que él bendiga a nuestro señor Mahoma y a su familia, y al siervo de Dios y príncipe de los muslimes Muley Hacén, gran emir del Reino de Granada y de su contorno de tierras musulmanas, que mediante esta embajada os muestra sus respeto y admiración. Y os ofrece en virtud de tiempos pasados, pactar una tregua entre ambos reinos hermanos.”- Y sacando una carta que llevaba en una bolsa se la ofrece a los monarcas con ambas manos.-

Vestimentas nazarí (F.I.)

Uno de los capitanes cristianos recoge la misiva y se la entrega a doña Isabel. –“Mi reina.”-
Isabel rompe el sello real nazarí y lee detenidamente la carta. Al terminar se la entrega al heraldo de la corte que hace pública exposición ante los allí presente. Concluida su lectura, el rey Fernando se levantó y habló:

“Id y decidle a vuestro señor, que pronto enviáremos a un embajador a Granada con las condiciones de la tregua.”

Redactadas aquellas palabras por escrito, firmadas y selladas por los monarcas, se la entregaron a la embajada nazarí que partió de inmediato hacia Granada.

Tiempo después, los reyes convocaron un cónclave entre sus consejeros y capitanes, en el cual decidieron aceptar la propuesta del emir. Para encabezar aquella embajada mandaron llamar al noble extremeño don Juan de Vera, caballero de porte y muy noble presencia, que estaba a las órdenes de don Fadrique de Toledo lugarteniente de los Reyes Católicos.

Escudo de los Vera /F.I.)

Juan de Vera era comendador de Calzadilla en la orden de Santiago y Capitán Mayor de la frontera de Portugal. Juan había contraído matrimonio años antes en Cáceres con Constanza de Monroy, hermana de don Fabián de Monroy, señor de dicha villa. Una de las hijas del matrimonio, doña Francisca de Mendoza, casó en Mérida con Diego de Cáceres Ovando, hijo primogénito del gran Capitán Diego de Cáceres Ovando, principal baluarte de Isabel “la Católica” en Extremadura.
  
Corría ya el año 1478 cuando Juan de Vera portando las disposiciones de los reyes partió hacia Granada con una pequeña pero muy distinguida comitiva. En ellas, Isabel y Fernando, aceptaban la tregua a cambio que el reino de Granada pagara cada año las parias de dinero y cautivos que acostumbraban a pagar a los reyes de Castilla.

Su llegada a Granada aunque esperada, levantó gran curiosidad y expectación entre sus habitantes del reino. Fue recibida la embajada en la sala más suntuosa y decorada de la Alhambra, el salón de los embajadores. Allí ante el mismísimo Muley Alhacén al cual acompañaban sus más altos representantes del reino nazarí, Juan de Vera expuso las exigencias de los reyes.

Salón de los Embajadores (F. Junta Andalucía)

Al concluir el extremeño su exposición, el emir Muley Alhacén airado ante aquellas palabras, respondió con arrogancia y desprecio:

“Id, y decid a vuestros soberanos, que ya murieron los reyes de Granada que pagaban tributo a los cristianos, y que Granada no se labra ya oro para las parias, sino alfanjes e hierros de lanza contra nuestros enemigos.” 

Con aquellas palabras aun retumbando en los oídos del comendador, partió de nuevo la embajada de regreso a Sevilla. Cuando llegaron, Juan de Vera se presentó de inmediato ante los reyes con la respuesta del emir.

Con indignación escucharon los reyes aquella negativa del rey nazarí a pagar las parias, pero aun así aceptaron con sumisión la tregua, pues debían centrar todos sus recursos y tropas en la guerra que mantenían con Portugal, y añadir un nuevo enemigo al campo de batalla traería grandes pérdidas y mortandad a una Castilla en guerra civil.

La decisión no sentó nada bien al rey don Fernando que ante aquella afrenta exclamó con gran ira: “Yo arrancaré los granos a esa Granada uno a uno.”

A lo que Isabel le respondió templándo sus ánimos: “Tiempo mejores habrá Fernando para la venganza.”

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. (F.I.)

Tan solo un año más duraría la guerra con Portugal, pues la superioridad militar de los Reyes Católicos acabaría derrotando al rey Alfonso V. La batalla definitiva se libró a orillas del rio Albuera (Badajoz) donde el Maestre de la Orden de Santiago, Alonso de Cárdenas, vencía a las tropas portuguesas mandadas por el obispo de Évora, García de Meneses que capitularían en el Tratado de Alcáçovas, en el cual se firmaba la paz entre ambas naciones, exigiendo además la reina Isabel la renuncia de Juana al matrimonio con Alfonso y su ingreso como monja en el convento de Santa Clara de Coímbra.

En el año 1480, terminada la guerra civil castellana y asentada la reina Isabel I en el trono de Castilla, comienza a fraguarse la idea definitiva de los Reyes Católicos de reinar en una España unificada y cristiana, pero para ello aún quedaba por conquistar un último bastión del Islam, Granada.

Batalla de Toro entre Castellanos y Portugueses 1476 (F.I.)

Reinician entonces la guerra contra el Reino Nazarí, guerra de desgaste que concluiría en el año 1492. En ella los Reyes Católicos van utilizar en su beneficio las luchas intestinas en que se hallaba inmerso el reino de Granada por la sucesión; el apoyo de los abencerrajes, uno de los linajes nazarí más ilustres, influyentes y valerosos, que en sus continuas luchas e intrigas por acceder al poder desestabilizaron y debilitaron el reino; y también los Reyes Católicos van a contribuir a esa desestabilización proporcionando ayuda a los distintos soberanos nazaríes, unas veces a el emir Muley Hacen (Abú I-Hasan) y su hermano El Zagal (El Valiente) y otras al hijo de Muley Hacen, el emir Muhammad XII, más conocido como Boabdil, el más beneficiado y perjudicado al final.

Reino de Granada en el siglo XV (F.I.)

            En una de esas continuas luchas por el poder batallaban las tropas de Boabdil contra las de su tío El Zagal, y hallándose este último acorralado y en desventaja en la Alhambra, pidió auxilio en la frontera cristiana a don Fradrique de Toledo, al que propuso una alianza con Castilla más ventajosa que la que habían pactado con Boabdil. Don Fradrique que tenía órdenes del rey don Fernando de sembrar la discordia entre los soberanos nazaríes, mandó a negociar con El Zagal de nuevo al extremeño Juan de Vera, que había estado sirviendo valerosamente en la guerra contra Portugal.

El Zagal con sus trofeos de guerra. (F.I.)

            Volvió a entrar por la puerta de Elvira de Granada el noble y devoto caballero cristiano. Su porte formidable de brillante armadura, hábito de Santiago y espada bastarda en cinturón de doble vuelta, montando en un caballo negro azabache, levantaba el recelo entre los habitantes en una ciudad en continuas guerras. Conducido por la guardia palatina a la Alhambra es recibido con honores por El Zagal y agasajado espléndidamente como a un rey. 

Aquel suntuoso trato a un cristiano en tiempos de guerra contra el reino de Castilla no sentó nada bien a algunos fanáticos soldados nazaríes, que fuera de la vista de El Zagal increpaban y provocaban por palabras y hechos al embajador extremeño, que siendo un invitado calmaba su fogosidad bélica y sus impulsos de respuesta.

Murallas de Granada en 1707. Grabado Peter Vander AA

Andaba paseando Juan de Vera por los jardines, cuando se le acercaron unos soldados de palacio, uno de ellos empezó a maldecir y blasfemar sobre Jesucristo y su madre María, entre aquellas palabras despotricaba entre risas sobre la supuesta virginidad de María.

“Mira que venerar los cristianos a esa tal María… que fue engendrada por una paloma…y que dicen que es virgen después de haber parido…ja jajá.”

“Ja jajá”- Reían también el resto de los soldados.-

El devoto caballero cristiano al escuchar aquellas blasfemias, aquel ultraje a su fe, no se pudo contener más e increpó al soldado exigiéndole que se retractara y pidiera perdón por sus palabras.

“Tus palabras ofenden mi fe, y te pido de buena voluntad como invitado de tu emir que soy, que te retracte de ellas y pidas perdón a mi Dios, o acates las consecuencias de tus ofensas.” –Exhortó Juan de Vera.-

A lo que el envalentonado nazarí mirando a sus compañeros respondió: “Perro cristiano, oblígame si puedes.”

Aquella respuesta desencadenó la ira y fervor del extremeño que desenvainando su espada de mano y media partió en dos de un solo tajo la cabeza del provocativo e insolente soldado.

 La sangre salpicó a todos a los que allí se hallaban, los soldados que le acompañaban aterrorizados ante aquella escena dantesca a la vez que desenvainaban sus espadas gritaban ímpetu: “Guardias, guardias.”

Las irrespetuosas palabras de un soldado habían derivado en un combate desigual en los majestuosos jardines de la Alhambra. El resplandor de los alfanjes se mezclaba con el rugir del choque de los aceros y los gritos de los soldados nazaríes implorando al profeta. “Guardias, por Alá…”

Palacio de la Torre de las Damas (F. Junta Andalucía)

El valiente caballero extremeño se defendía con el ardor de su fe y su bravura de las cada vez más espadas nazaríes que se dirigían hacia su pecho. El altercado llegó a oídos de El Zagal que raudo se presentó en los jardines a restablecer el orden y abriéndose paso entre sus soldados llegó a donde se batía aun con gran entereza Juan de Vera.

“Guardias, por Alá os ordeno que paréis de luchar –gritó exaltado a sus soldados- este caballero cristiano es mi huésped y como tal se le debe tratar. Cesad de inmediato.”

Todos pararon. “Por favor, Juan- dijo El Zagal acercándose a él- guardad vuestra espada.”

Y así lo hizo el cristiano, y tras aclarar los hechos allí acaecidos, mandó El Zagal castigar con azotes y cárcel a los soldados aún vivos que habían provocado la trifulca.

Soldado nazarí,de Felipe Bigarny (Capilla Real, Granada)

Pero aquellos hechos no tardaron en difundirse por toda la ciudad, un cristiano había derramado sangre nazarí en el recinto sagrado de la Alhambra, incluso creían que era un infiltrado, la cabeza de punta de una ejército para tomar el alcázar desde dentro, el populacho se alzó en armas ante tales acontecimientos. El Zagal teniendo por la seguridad de su invitado, se apresuró a ponerle a salvo, le proporcionó ropajes nazaríes para pasar desapercibido y le entregó uno de sus caballos más veloces para poder huir de Granada.

“Huye cristiano y no olvides decirle a tu señor, que ha sido El Zagal quien te ha salvado, que Alá te proteja.”

Partió de inmediato el extremeño atravesando no sin dificultad la turba de gente, y corriendo a toda brida ganó el campo de batalla reuniéndose de nuevo con don Fadrique, al que ya sosegado le contó su aventura en tierras de Granada. Don Fadrique de Toledo escribió una carta al Zagal agradeciéndole su generoso comportamiento con don Juan de Vera.

Informada la reina doña Isabel del arrojo y de los peligros que le habían acaecido al extremeño en defensa de la fe cristiana, amiga de premiar siempre las acciones heroicas de sus caballeros, le hizo merced de trescientos mil maravedís.

La rendición de Granada de F. Pradilla

            En enero de 1492, tras de diez años de guerra por el reino de Granada, mientras en lo más alto de la torre de la Vela en la Alhambra ondeaba la enseña de Castilla, a las puertas de Granada su último emir Boabdil el Chico, hacia entrega de las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos, doña Isabel y don Fernando, poniendo fin al dominio musulmán en España iniciado en el año 711.

            Mas leyendas son, así te las he contado. Gracias y hasta la próxima.


            Escrito por: Jesús Sierra Bolaños
            Fuentes Consultadas:
            -“Crónica de los muy altos y esclarecidos Reyes Católicos 
             Don Fernando y Doña Isabel.” Fernando del Pulgar.
-“Crónica de la Conquista de Granada.” Washington 
  Irving
            -“Historia general de España. Tomo VI” Modesto 
              Lafuente
-“En la frontera de Granada.” Juan de Mata Carriazo.
-“Nobiliario de Extremadura Vol. VIII.” Adolfo Barredo 
  de Valenzuela y Ampelio Alonso-Cadenas López.
-“Nobiliario de los reinos y señoríos de España.” Francisco 
  Piferre

-“La casa de Ovando.” José Miguel de Mayoralgo y Lodo

sábado, 8 de noviembre de 2014

La anecdota de como la Villa de Cáceres se convirtió en la Ciudad de Cáceres.


Este hecho esta unido a la llegada del tren a la villa de Cáceres, a Segismundo Moret, al alcalde Lesmes Valhondo y al rey de España Alfonso XII.

Inauguracion del tren Madrid Grabado de1881 (F.I.)

        Nos remontamos al siglo XIX, al año 1848, cuando comienza a circular con el trayecto Barcelona-Mataró, el primer tren en la península ibérica, pues la primera vía férrea española que se construyó fue en Cuba en el 1837, que por aquel entonces aún era colonia española, y unía La Habana con Güines. Desde aquel año comienza la expansión del ferrocarril por toda España, propiciando el crecimiento y la prosperidad en aquellos lugares donde llegaba.

         En 1852, los diputados por Cáceres D. Carlos Godínez de Paz y D. Antonio Concha, solicitan a la Cortes españolas la construcción de una vía férrea que una Madrid-Lisboa y que en su recorrido haga escala en Cáceres, para poder abaratar y exportar rápidamente los granos y futas cacereñas, trayendo la prosperidad a la provincia. Pero esta petición se va a encontrar con la firme e incansable oposición de los diputados pacenses D. Vicente Barrantes y D. Juan Gómez, que se obstinaban que la línea debía ser Madrid-Badajoz-Lisboa, y para ello utilizaron todas sus influencias políticas para que así fuera, aunque que en la línea que pasaba por Cáceres se ahorrasen 240 km de construcción de vía férrea.


        Esta intransigente oposición de los diputados pacense continuó en los años siguientes y no será hasta el descubrimiento de las minas de fosfatos de Cáceres en 1864, y la posterior compra de la explotación en 1876 por Segismundo Moret (abogado y político liberal) cuando por las influencias de este en las Cortes; había sido ministro de Ultramar en el gabinete del general Prim y de Hacienda con Amadeo I; propicien la llegada del tren a Cáceres en el año 1881, y con ello el desarrollo de la industria minera de fosfatos en Cáceres.

La inauguración oficial de la vía férrea Madrid-Cáceres-Lisboa fue el 8 de octubre de 1881 a cargo de los reyes de España y Portugal, Alfonso XII y Luis I. El punto de encuentro para ambos monarca se fijó en Valencia de Alcántara, de donde tras conversar y desayunar conjuntamente en unas tiendas que se habían instalado para la ocasión, presenciaron la bendición de la locomotora por parte del Obispo de Plasencia. Y tras la ceremonia, a las 11 de la mañana el tren con la comitiva real partía hacia la villa de Cáceres.

Alfonso XII de España                       Luis I de Portugal     

Aquel día amaneció frio y lluvioso en Cáceres, desmereciendo las guirnaldas y banderas que adornaban las calles, casas y el engalanado ayuntamiento de la villa.

Ante aquella visita real, la población de Cáceres se había duplicado. Una marabunta inundaba las calles y las plazas. Gente de aquí y de allá, viajeros y villanos, señores y campesinos, religiosos y soldados, incluso había representación de 170 pueblos de la provincia, y todos esperaban con alegría y expectación a los reyes.

Al mediodía, una salva de honor de la artillería real anunciaba la llegada del tren a la estación. Cuando la locomotora se detuvo en el andén, del vagón habilitado para aquella ocasión especial, se apearon los monarcas al son de los himnos nacionales que interpretaron las bandas de música de los regimientos de Granada y Mallorca. El tren Lisboa-Madrid quedaba inaugurado ante la algarabía y los aplausos de la multitud allí reunida.

Xilografía de la visita real a Cáceres

La comisión de festejo del ayuntamiento había preparado una serie de actos para amenizar las visitas reales, una misa conmemorativa como era costumbre, festejo taurino, iluminación nocturna especial de las calles, cena de gala y fuegos artificiales.

Tras ser recibidos por las autoridades locales al frente de la cual estaba el alcalde de Cáceres Lesmes Valhondo, junto a personajes destacados como Segismundo Moret o el obispo de Coria, el cortejo real, partió de la estación hacia la iglesia de Santa María donde se oficiaría la misa. A su paso por las calles engalanadas, a pesar de la insistente lluvia, la gente se agolpaba y vitoreaba vivas a los reyes, sobre todo al joven rey español. Los reyes en coche de caballo iban saludando a todos. Pasaron por los arcos floridos de triunfos que el ayuntamiento y la diputación habían levantado en el parador del Carmen y en la calle San Antón.

A las tres y media  de la tarde, hora de la corrida de toros, la lluvia aun caía incesantemente, más el monarca decidió asistir. La plaza de toros estaba a rebosar de público. La corrida comenzó bajo un diluvio, tanto que los toreros Frascuelo y Ángel Pastor tuvieron que descalzarse en la arena embarrada para poder torear. En el cuarto toro, ante tan deslucida corrida por el aguacero, el rey tuvo que suspender la corrida y regresar la comitiva al ayuntamiento.

Ayuntamiento de Cáceres en el s.XIX (F.I.) 

          Al caer la noche para agasajar a los reyes se celebró una gran cena de gala en el salón de actos de la Diputación Provincial, donde acudieron las más altas instancia de la política y de la sociedad de cacereña.

Terminado el banquete, el rey Alfonso XII alzó su copa para hacer el brindis final y exclamó:

“Brindo por la ciudad de Cáceres…”

Al oír estas palabras el alcalde Lesmes Valhondo se sorprendió, pero como experimentado político y hábil en estas lindes, al terminar el rey su brindis, y antes que el eco de aquellas palabras se perdiera, se levantó raudo a recoger el brindis diciendo:

“Majestad, en nombre de la hasta ahora villa de Cáceres, os agradezco profundamente el honroso título de ciudad que acabáis de otorgarle.”

El asombro del rey fue considerable, pues sin quererlo la había elevado Cáceres a la categoría de ciudad, mas como bien decía Francisco de Quevedo, “De ninguna, manera conviene que el rey yerre; más si ha de errar, menos escándalo hace que yerre por su parecer que por el de otro.” Y en vez de retractarse el rey se ratificó en sus palabras.

Finalizada la cena, los reyes se dirigieron de nuevo hacia la estación por unas calles espectacularmente iluminadas para su visita, y aun atestadas de gente que aclamaban a los soberanos. A las 11 de la noche, el rey Luis I partía de nuevo en ferrocarril hacia Portugal. Don Alfonso XII de España, iba a pernoctar esa noche en Cáceres. 

Antigua estación de trenes de Cáceres.  (F.I)

          Pero como en Cáceres no había hoteles de categoría para alojar al monarca, los dirigentes municipales le habían habilitado una de las estancias del ayuntamiento como alcoba real, adornándola con alfombras, cortinas, cama, mesillas, armarios y todos los útiles necesarios que necesitara el monarca para tal menester, hasta el propio rey se trajo algún mobiliario de la corte que después donó a la ciudad, como cuatro grandes lámparas de araña, una mesa despacho y un famoso recipiente de porcelana con dos asas y tapa, que años después se utilizaría como sopera y florero y que en realidad era una bica u orinal real.

Aquella noche el rey asistió a tres bailes organizados en su honor, al del Círculo de Artesanos, lugar de reunión de la clase baja cacereña; al del Circulo de la Unión de la clase media, como industriales y mercaderes; y al del Casino de la Concordia donde alternaba la aristocracia. A la mañana siguiente, domingo, tras escuchar misa en Santa María, y recorrer el recinto monumental y visitar en última estancia las minas cacereñas, el rey Alfonso XII partía en tren hacia Madrid.

Vistas de Cáceres en 1915 (F.I.)

Y así fue como por la equivocación de un rey nuevo en el oficio, tenía entonces 24 años, y la veteranía de un avispado alcalde, la villa de Cáceres se convirtió en la ciudad de Cáceres el 8 de octubre de 1881.

Gracias, y hasta la próxima.


Escrito por: Jesús Sierra Bolaños

Fuentes consultadas:
-“Revista de Extremadura nº 7.” Miguel Muñoz de 
  San Pedro
-“Revista de Extremadura nº 8.” Currio O´xillo
-“Recuerdos cacereños del siglo XIX.” Publio Hurtado